I.-
Sucedió, cuando terminó su conferencia, por la que le habían pagado el hotel, los pasajes, y viáticos por demás. Por la que soportó estoicamente el juego de entrevistas con algunos medios, y hasta una cena protocolar. Cuando salió de la sala, sin imaginar la deriva, sin esperarla. Como suceden las mejores historias. Que paso a contar.
Una mujer, una entre tantas, se le acercó, para formularle una pregunta que lo era tanto como una excusa para acercársele. Como solía hacer, aguantó las preguntas una tras otra, y, luego de responderlas, y saludar a los que aún quedaban en la sala, se retiró. Bajó las escaleras buscando la PB, enfiló hacia la puerta y salió a la calle a buscar un taxi que lo acercara hacia algún lugar. Tal vez, su hotel. Justo allí, en el frío húmedo de la noche, la mujer de la pregunta-excusa conversaba con una amiga, cuando al verlo salir, sin timidez alguna, le preguntaron en un exceso de confianza –pensó-, si quería que lo acercaran a algún lugar. Primero dudó, pero luego respondió favorablemente a la invitación sin tener muy claro el destino al que iba a proponer que lo acercaran.
Finalmente, el trío recaló en una confitería a sugerencia de la pareja de mujeres. La conversación discurrió entre descripciones de la sociedad local e impresiones de un viajero ocasional. La mujer que no había hecho preguntas se despidió, con la excusa de una cena hogareña, y, la otra, la que sí había preguntado, comenzó a personalizar la conversación. Al visitante, la hora avanzada no le afectaba, aunque se hizo evidente que sí, la sonrisa de su compañera ocasional. Sin saber muy bien cómo, la conversación se deslizó al auto, el auto a un hotel por horas, y el hotel a una cama compartida. Las horas que siguieron, no podría olvidarlas. La despedida, típica de adolescentes perdidos, los llevó hasta la esquina del hotel en el que estaba alojado. No se dejaron medio de contacto; estimaron que era mejor así.
II.-
Meses después, una nueva invitación –la universidad esta vez, no el gran diario local- lo condujo nuevamente a la misma ciudad. La fantasía, desde el momento en que recibió la invitación, –esta vez, no arguyó dificultades de agenda- lo persiguió hasta su llegada. Se apuró a resolver sus compromisos, rechazando protocolos y cumpliendo las demandas al paso hasta saberse libre y dueño de su tiempo. Entonces, hizo lo que había planificado una y otra vez. Se dirigió a la confitería de la que eran asiduas las dos mujeres que conoció, buscando a aquella con la que intimó esa noche, aquella que lo hizo perderse de sí, en su viaje anterior.
Sentado en una mesa, recorríó el lugar una y otra vez con su mirada, pero ninguna conocida se hizo presente en el lugar. Pensó que quizás le habían mentido y no solían encontrarse allí, o, tal vez, simplemente habían cambiado su sitio de encuentro. Su ansiedad lo empujó a salir, a la locura de buscar en las calles. Caminó, indagó en los rostros, comenzó a sentirse mal, tomó aire, compró una revista de ocasión, y, sin resignarse del todo, decidió un nuevo intento, regresando a la confitería de marras. La mujer que esperaba hallar no estaba en el lugar, pero pudo reconocer allí a su amiga, lo que representaba una esperanza que le aceleró el corazón; aunque le pareció que ella lo vio y le esquivó la mirada. Pero sin otra posibilidad, fiel a su deseo infinito por hallar a aquella que le enseñó el mundo en una noche, decidió enfrentarla. Mientras se acercaba a la mesa, la mujer ni siquiera le dirigió la mirada. Cuando estuvo a su vera, pareció no recordarlo, sólo ante su insistencia, admitió, primero, algún leve recuerdo, podría ser, no estaba segura, para luego, en voz baja, reconocerle la circunstancia, y recomendarle que no los vieran juntos. Le pidió, además, que regresara a su mesa y que cuando ella se retirara, la siguiera discretamente. El visitante no entendía qué sucedía, pero su deseo lo cegaba, y quizás su experiencia en otros campos de acción, lo llevó a aceptar la enigmática propuesta, y así lo hizo. Volvió a su mesa, pidió un café, y, mientras ojeaba la revista que había comprado, de refilón monitoreaba a la mujer, hasta que salió, y él fue detrás.
III.-
La siguió cuatro cuadras, hasta que la mujer ingresó a un enorme emporio de libros, y, en el primer piso, refugiada entre los estantes de Literatura Argentina y Literatura Inglesa, le dijo: “Es peligroso que nos vean. En particular, para ud. acercarse a esa confitería. Incluso, le recomendaría, que se vaya pronto de la ciudad”. El visitante entendía, por supuesto, el sentido de las palabras de la mujer pero no daba crédito a ellas. ¿Qué significaba toda esa perorata paranoica? Alterado, le exigió una explicación a la renuente mujer, que finalmente, le susurró: “La mujer con quien ud. durmió es -o era- la amante del Jefe y Dueño de la ciudad: drogas, juego, armas y prostitución. Desde el día después de haberse ido con ud., la mujer esta desaparecida, y nadie sabe de ella. Hay quien dice que se escapó, o eso quieren hacer creer. Lo cierto es que El Jefe la esta buscando, y a cualquiera que sepa algo de ella. Yo salvé mi vida porque dije no saber nada –y realmente no sé qué pasó, ni donde esta, si es que esta viva...- y porque estoy protegida, pero estoy segura de que me siguen. Y si sospechan algo de ud... y descubren que durmió con ella... Es todo lo que puedo decirle, ahora váyase ya, por favor!”
El visitante quiso saber más, necesitaba entender, preguntar dónde podría encontrarla, pero se enfrentó a una pared, por cuya grieta alcanzó a ver, que de saber sería mejor no saber. Que, quizás, en lo ocurrido entre el conferencista visitante y la mujer desaparecida, allí estaría la clave, en los hechos de esa última noche.
La mujer de hablar callado, salió urgida a la calle y ya no la volvió a ver.
IV.-
El visitante salió de la librería perplejo, desolado, y con una sensación de profundo abandono. De pérdida incomprensible, que crecía a cada paso. Se dirigió al hotel, tomó sus pocas cosas y partió rumbo a la terminal de ómnibus. En el viaje no pudo conciliar el sueño, soñando despierto con una mujer a la que jamás volvería a ver. Recordando para sí aquella noche que todo lo cambiaría. Cuando supo quien era. Le gustó pensar que, tal vez, ella también.
martes, 22 de julio de 2008
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