Alejo tenía una vida agitada. Personal y políticamente agitada. En Ecuador, se había ligado a grupos de izquierda nacionalista del que formaban parte oficiales de alto rango de la fuerza aérea, una mezcla de personajes sin ideología ni valores claros, más allá de las necesidades del grupo o de usos instrumentales a este o aquel interés.
Desde la última vez que nos habíamos visto había pasado tiempo y si bien alguna de las cartas que me envió traslucían cierta perspectiva de “acción revolucionaria”, no podía imaginarme hasta qué punto estaba involucrado. Así fue que cuando nos vimos, no demoró demasiado en contarme la misión urgente que tenía en sus manos, y, que, por razones de confianza, había pensado yo podría ayudarlo a cumplirla.
Hasta allí, creo que me sentí halagado, sin imaginar lo que seguía y cual sería mi rol.
En los planes de su grupo, y acorde al clima de época en retirada, tenían previsto infiltrar el grupo áulico de una familia típica de la alta burguesía, donde se tomaban decisiones cuya incidencia política era de primer orden.
De hecho, Alejo ya había ingresado al grupo y se había ganado la confianza de sus miembros, lo cual le permitía volver a Ecuador con una joven amiga para integrarla al grupo.
Ahí comenzaba mi papel, encontrar a una chica que diera con el perfil, tan bonita que gustara a todos, y que abrazara la causa. Enamorar a cierto personaje del grupo.
Luego de hablar con Alejo, supe rápidamente quien podría ser esa persona, es decir, quien podría resultar irrestible. De lo demás, no estaba seguro.
Paula, era una compañera de la facultad, con quien teníamos una relación tan intensa como extraña. A la distancia, todavía me cuesta describirla y hay cosas que jamás pude contar. Esas que los varones nos contámos entre amigos, esas mismas, yo no las pude contar.
Recuerdo que un día fui conciente de que podía enamorarme y decidí que debía alejarme. Me puse a imaginar modos de hacerlo, de convencerla de lo inconveniente de mi persona, hacerle algún desplante que le hiciera ver que efectivamente era mejor olvidarme; estaba en ese absurdo plan, cuando Alejo llegó hasta mí con su propuesta. Necesitaba una chica para enamorar a un poderoso empresario de alta burguesía ecuatoriana.
Le dije a Alejo que me diera unos días para hablar con Paula y, de algún modo, comunicarle la idea. Por aquel entonces, debo admitir, la cabeza de Alejo estaba irremediablemente extraviada, la mía bastante perdida, y la de Paula, confundida. Excelente cóctel para una aventura colectiva.
Aproveché uno de esos cortes entre la primera y segunda mitad de las clases, e invité a Paula a salir a conversar. Con Paula, siempre fuimos aristotélicos, elaborábamos nuestras ideas caminando por los alrededores de la facultad. En los últimos asientos del aula, en cambio, podría decirse, lacanianamente, que actuábamos el “pasaje al acto”.
Así fue que le conté de un amigo que tenía una propuesta para una chica que bien podría ser ella, para viajar al Ecuador a una misión que duraría unos meses largos pero que prometía tener interesantes resultados. Supongo que no abundé en detalles. Ella prometió pensar el asunto y responderme pronto. Volvimos a la clase. A los últimos asientos.
A la semana siguiente, Paula me dijo que estaba dispuesta a tener una reunión con mi amigo y escuchar su propuesta de primera mano. Me comuniqué con Alejo y sellamos una cita, como le gustaba pensar a él, en un bar clandestino (que no era otra cosa que un bar sin concurrentes, en la calle Sarmiento a la altura de Montevideo).
El día acordado me encontré con Paula a la salida de la estación del subte B. Nos dirigimos a la cita, un jueves a mediatarde y pude comprobar a la luz del día lo que ya sabía, todos los tipos se daban vuelta para mirarla. Paula, cuando caminaba, rajaba la tierra. También pensé, que nunca me bancaría estar con una chica así y tener que pelearme con 100 tipos por cada cuadra. Era claro, si partía a Ecuador, eso no me ocurriría.
Entramos al bar y Alejo estaba en una mesa lateral esperándonos. Cuando la vio, la ojeó de arriba abajo y me sonrió. Contrariamente a lo esperado me generó una clara incomodidad.
Del contenido de la charla, no puedo hablar, como Wittgenstein, sé que hay que callar.
Paula escuchó atenta y pareció considerar seriamente la idea, sus preocupaciones parecían rondar cuánto tiempo estaría afuera y cómo resolver la situación familiar. Quedaron en que la respuesta debía estar en una semana, a más tardar.
Salimos del bar con Paula. Alejo se quedó, con intención de valorar la situación y bosquejar algún informe a su grupo. Caminamos un rato en silencio. Paula parecía rumiar la situación, y yo me dí cuenta que me sentía molesto conmigo. Luego, Paula rumbeó hacia alguna cita que no recuerdo y yo me fui a caminar, a hacer tiempo, e intentar quitarme el malestar de encima.
Ese día no nos vimos en la facultad. Ni el siguiente. Mucho para pensar, decidir, imaginar.
El fin de semana, hice todo mal. No me sorprende. Discutiendo en el auto, tras tomar algo con Paula en el Bárbaro, en el Pasaje Tres Sargentos. No sé en donde la dejé, pero la noche terminó rápido. Patético, ni siquiera puedo repetir mis palabras.
La semana que siguió llegó la respuesta, con muchas dudas, negativa. “No por ahora”, le dijo Paula. Mi amigo, se apenó muchísimo, ya estaba convencido que tenía a la persona apropiada para la misión, me pidió por favor que la convenciera. Se sorprendió cuando le dije: “No”. Entonces, me miró y se sonrió, “no la querés largar, es lógico”.
Fue entonces cuando me dijo:”¿no conocés a otra?”.
lunes, 20 de abril de 2009
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