Pensé que se trataba de un reencuentro.
De alguna manera lo fue. Nos conocimos un tiempo atrás, no tanto si se quiere, aunque como todos dicen y pocos aceptan, el tiempo corre. Empezamos discutiendo sobre tecnología, seguimos compartiendo almuerzos, y luego bares, y paseos.
Era una relación simple y complicada a la vez, nos gustábamos mucho y teníamos nuestras parejas. Así que entre la culpa y lo prohibido, ganó lo prohibido y los goles fueron olímpicos.
Cuando decidimos dejar de vernos –ella decidió; a los varones esa decisión nos resulta imposible- era como caminar temblando hasta que el suelo dejó de moverse.
Habían sido meses agitados, arrriesgándonos, con encuentros diseñados para explotar la adrenalina. Hasta que comenzamos a hacer tonterías, a exponernos, y, al parecer, a no importarnos, aunque sí. Empezamos a no poder manejar la relación. Nos escapábamos del trabajo para decirnos que no, pero nos decíamos que sí, y no regresábamos... De un momento a otro la vida organizada, se empezó a desorganizar. Previsiblemente, comenzamos a discutir, un buen modo de enlazarse aún más, subir la puesta hasta la cima, y, desde allí, dejarla caer.
No la vi más. Por dos años. A veces la leía. Me imagino que ella a mí.
La vida volvió a organizarse, nada se perdió, pero se transformó. Y, en la calma, todo volvió a encontrar su cauce. La tranquilidad. La monotonía.
Entonces sucedió lo imprevisto, sonó el teléfono y era su voz. Es increíble como esas cosas pueden removerte otras. En fin, que supongo me costó acomodar la voz y no representar un papel de novela colombiana. Hablamos del tiempo que pasó, de las cosas que hicimos entre tanto. De las cosas en las que andábamos. Y de repente, me dijo que le gustaría verme de nuevo. No me negué. Acordamos dónde y cuando.
Cuando llegué, ella ya estaba acomodada en la mesa. Su sonrisa me hirió un poco, no sé bien porqué, si ella estaba allí y yo también. Tras el beso prolijo y administrativo, nos pusimos a hablar del clima, del lugar y de nuestros trabajos. La comida, allí siempre es muy buena, pero como nunca fui de buen comer, me alcanzaba con la línea estética, de buen gusto. O acorde al mío. De a poco fuimos entrando en calor, en ritmo. Al rato, parecía que nos hubiésemos dejado de ver la semana anterior. Y ganamos en confianza. Cuando ya estábamos cómodos, hubo que dejar el lugar y volver a los trabajos. Chau, beso, chau. Te llamo.
La cabeza otra vez convertida en un termo agitado, un poco nervioso sin razón alguna. O con mucha razón. Ese era yo, tras el encuentro. No quise llamarla, para no parecer flojo, y no fue necesario. Al tercer día, nuevamente me llamó. Hola, hola, quiero verte. La adrenalina me subió.
Esta vez, fue por la tarde y en un bar. Si observo hacia atrás, creo que el deseo me invadió, esa necesidad de “una vez más”, como en “Blade Runner”. Y allá fui, con un caos de fantasías sucediéndose en mi mente.
Esta vez, eligió un sitio más apartado, lo que me pareció una buena decisión y me suscitó una leve sonrisa. Me saludó con un beso disciplinado y esperó que me sentara. “¿Tenés tiempo o estas apurado?” Claro que tengo tiempo. Claro. Otra vez nos contamos de nuestros trabajos y evaluamos el clima de los próximos días. Tomamos algo y seguimos conversando de proyectos, un buen rato. Y, de golpe, me dijo que había estado pensando en mí. Y me habló de mí. De aquellas cosas que le gustaban, y de las que no. Y me dijo que me elegía. Que me había elegido. Y que esperaba que yo quisiera hacerlo con ella. Así. Directo a la sien. Sin anestesia. Mi adrenalina subida al obelisco. Y ella hablándome con esa voz que no debe, diciéndome que me había elegido. En ese momento, pensé que me iría del lugar con ella y que después me preocuparía por como no renovar el caos en mi vida. ¡Cómo evitarla! Mis gestos le decían que sí, que yo también la elegía, aunque no supiera bien para qué. O sí. Entonces, hace un silencio... y me lo dice... “quiero que me insemines”.
¿Qué?? ¿Qué cosa?? “Quiero que me insemines. Que me des tu esperma para tener un hijo. No te pido más. No quiero más. No estoy pensando en parejas, ni compromisos. Además, estas casado. No podés. Pero quiero tener un hijo y me gustaría que fuera con vos. No te pido que seas su padre. Estoy pensando en ser madre y padre, porque difícilmente podría convivir con alguien. Y la mayoría de los varones son un desastre. Mejor así, sin compartir responsabilidades. Hacemos un contrato, vos me inseminás y no pienso reclamarte. Tampoco vos podrías reclamarme, ni paternidad, ni nada. No sería tu hijo, aunque tuviera tu adn. Esto debe ser muy claro. Sin reclamos por parte de ninguno de los dos. Un acuerdo de partes. ¿Qué te parece?”
“¿Que qué me parece?..., me parece... me parece raro”. “No me esperaba esta... propuesta, tengo que pensarlo.” Y vaya si pensé. Pensé en su cama, en mi esperma-objeto. En mi persona-objeto ¿O no era objeto? Lo era y no lo era. ¿Qué significaba esa palabra: “inseminarla”?. Eso me dijo. Que quería que la “inseminara”, yo en cambio, lo único que quería era... era tener sexo con ella. Y, paradojas de la vida, ella quería tener sexo con mi esperma. O conmigo en abstracto. O eso me pareció. ¿Debía sentirme halagado? ¿O debía sentirme un alien? ¿Quería un cruce de razas con adn extraterrestre? ¿Había visto demasiado los expedientes X? ¿Qué carajo pensaba de mí? Y, en todo caso, no sería posible antes, tener sexo con ella y después dudar y decirle que tengo que seguir pensando... Podría intentarlo. Tal vez... Lo peor es que me gustaba de verdad. Lo increíble es que empezaba a sufrir, no por no acostarme con ella, sino por la posibilidad de hacerlo. Esa chica sabía como enloquecerme...
A los tres días llamó, como me había adelantado, “Te llamo dentro de tres días para ver cómo andás y si pudiste pensarlo”. Me imagino que, en este caso, dan lo mismo tres días, treinta, o trescientos. Acordamos vernos en el mismo bar. Misma hora. Batireunión casi. Estaba tan linda. En cualquier otra situación, imposible decirle un “no”. Lo imaginado, me sedujo desde que me fijó la mirada. Una atracción fatal. Tendría que aprender de Michael Douglas. De las consecuencias, quiero decir. Me hablaba y me hablaba y yo casi no la escuchaba. Bueno, sí la escuchaba pero en otro plano, no el de la palabra. La escuchaba como quien escucha el sonido ambiente, el mar, una cascada, el viento. Cada tanto, alguna de sus palabras, sin embargo, me volvía al plano original. “Inseminarme”, por ejemplo. Entonces, me tomó de la mano, la puso sobre su pecho (creí que me desmayaba) y me preguntó si lo haría por ella. Entonces, la miré, caldeado de los pies a la cabeza, la miré a los ojos, mientras apretaba mi mano, y le dije: “no”. Todavía recuerdo el esfuerzo que mis palabras me impusieron, saliendo de mi boca como ladrillos de concreto, empujándome hacia el piso, hundiéndome bajo quien sabe qué destino, y ella, que, sorprendida suelta mi mano (un alivio), se queda sin palabras y me mira con unos ojos vacíos, sin dar crédito a lo que había escuchado. “Pero, ¿por qué?”, “me estas mintiendo”, “no te creo”, “yo te elegí a vos”, “decíme que sí”. Y luego, se pone de pie, seca sus lágrimas con un pañuelo de papel, y sin decir más, se va.
Pasaron ya tres años de su propuesta. No sé quien la “inseminó”. Quién seguía en su lista tras mi rechazo. Luego llegué a pensar que, quizás, yo no había sido el primer elegido, tal vez alguien se había negado antes. Cómo saberlo. En fin, menos autoestima, pero más tranquilidad. Igualmente, las pocas veces que supe de ella, no pude evitar imaginármela de la mano de un hijo “mío”. O, no sé si mío, pero de mi esperma. Cada vez que me viene esa imagen, recuerdo que unos días después de recibir su “propuesta”, se la comenté a mi amigo Fabio, diciéndole que le había sucedido a otro amigo y pidiéndole su opinión. Fabio me miró cómplice: “Decíle a tu amigo que el esperma no se negocia, se conquista”. Sabias palabras. La genealogía es política.
martes, 12 de mayo de 2009
lunes, 20 de abril de 2009
Destino Ecuador
Alejo tenía una vida agitada. Personal y políticamente agitada. En Ecuador, se había ligado a grupos de izquierda nacionalista del que formaban parte oficiales de alto rango de la fuerza aérea, una mezcla de personajes sin ideología ni valores claros, más allá de las necesidades del grupo o de usos instrumentales a este o aquel interés.
Desde la última vez que nos habíamos visto había pasado tiempo y si bien alguna de las cartas que me envió traslucían cierta perspectiva de “acción revolucionaria”, no podía imaginarme hasta qué punto estaba involucrado. Así fue que cuando nos vimos, no demoró demasiado en contarme la misión urgente que tenía en sus manos, y, que, por razones de confianza, había pensado yo podría ayudarlo a cumplirla.
Hasta allí, creo que me sentí halagado, sin imaginar lo que seguía y cual sería mi rol.
En los planes de su grupo, y acorde al clima de época en retirada, tenían previsto infiltrar el grupo áulico de una familia típica de la alta burguesía, donde se tomaban decisiones cuya incidencia política era de primer orden.
De hecho, Alejo ya había ingresado al grupo y se había ganado la confianza de sus miembros, lo cual le permitía volver a Ecuador con una joven amiga para integrarla al grupo.
Ahí comenzaba mi papel, encontrar a una chica que diera con el perfil, tan bonita que gustara a todos, y que abrazara la causa. Enamorar a cierto personaje del grupo.
Luego de hablar con Alejo, supe rápidamente quien podría ser esa persona, es decir, quien podría resultar irrestible. De lo demás, no estaba seguro.
Paula, era una compañera de la facultad, con quien teníamos una relación tan intensa como extraña. A la distancia, todavía me cuesta describirla y hay cosas que jamás pude contar. Esas que los varones nos contámos entre amigos, esas mismas, yo no las pude contar.
Recuerdo que un día fui conciente de que podía enamorarme y decidí que debía alejarme. Me puse a imaginar modos de hacerlo, de convencerla de lo inconveniente de mi persona, hacerle algún desplante que le hiciera ver que efectivamente era mejor olvidarme; estaba en ese absurdo plan, cuando Alejo llegó hasta mí con su propuesta. Necesitaba una chica para enamorar a un poderoso empresario de alta burguesía ecuatoriana.
Le dije a Alejo que me diera unos días para hablar con Paula y, de algún modo, comunicarle la idea. Por aquel entonces, debo admitir, la cabeza de Alejo estaba irremediablemente extraviada, la mía bastante perdida, y la de Paula, confundida. Excelente cóctel para una aventura colectiva.
Aproveché uno de esos cortes entre la primera y segunda mitad de las clases, e invité a Paula a salir a conversar. Con Paula, siempre fuimos aristotélicos, elaborábamos nuestras ideas caminando por los alrededores de la facultad. En los últimos asientos del aula, en cambio, podría decirse, lacanianamente, que actuábamos el “pasaje al acto”.
Así fue que le conté de un amigo que tenía una propuesta para una chica que bien podría ser ella, para viajar al Ecuador a una misión que duraría unos meses largos pero que prometía tener interesantes resultados. Supongo que no abundé en detalles. Ella prometió pensar el asunto y responderme pronto. Volvimos a la clase. A los últimos asientos.
A la semana siguiente, Paula me dijo que estaba dispuesta a tener una reunión con mi amigo y escuchar su propuesta de primera mano. Me comuniqué con Alejo y sellamos una cita, como le gustaba pensar a él, en un bar clandestino (que no era otra cosa que un bar sin concurrentes, en la calle Sarmiento a la altura de Montevideo).
El día acordado me encontré con Paula a la salida de la estación del subte B. Nos dirigimos a la cita, un jueves a mediatarde y pude comprobar a la luz del día lo que ya sabía, todos los tipos se daban vuelta para mirarla. Paula, cuando caminaba, rajaba la tierra. También pensé, que nunca me bancaría estar con una chica así y tener que pelearme con 100 tipos por cada cuadra. Era claro, si partía a Ecuador, eso no me ocurriría.
Entramos al bar y Alejo estaba en una mesa lateral esperándonos. Cuando la vio, la ojeó de arriba abajo y me sonrió. Contrariamente a lo esperado me generó una clara incomodidad.
Del contenido de la charla, no puedo hablar, como Wittgenstein, sé que hay que callar.
Paula escuchó atenta y pareció considerar seriamente la idea, sus preocupaciones parecían rondar cuánto tiempo estaría afuera y cómo resolver la situación familiar. Quedaron en que la respuesta debía estar en una semana, a más tardar.
Salimos del bar con Paula. Alejo se quedó, con intención de valorar la situación y bosquejar algún informe a su grupo. Caminamos un rato en silencio. Paula parecía rumiar la situación, y yo me dí cuenta que me sentía molesto conmigo. Luego, Paula rumbeó hacia alguna cita que no recuerdo y yo me fui a caminar, a hacer tiempo, e intentar quitarme el malestar de encima.
Ese día no nos vimos en la facultad. Ni el siguiente. Mucho para pensar, decidir, imaginar.
El fin de semana, hice todo mal. No me sorprende. Discutiendo en el auto, tras tomar algo con Paula en el Bárbaro, en el Pasaje Tres Sargentos. No sé en donde la dejé, pero la noche terminó rápido. Patético, ni siquiera puedo repetir mis palabras.
La semana que siguió llegó la respuesta, con muchas dudas, negativa. “No por ahora”, le dijo Paula. Mi amigo, se apenó muchísimo, ya estaba convencido que tenía a la persona apropiada para la misión, me pidió por favor que la convenciera. Se sorprendió cuando le dije: “No”. Entonces, me miró y se sonrió, “no la querés largar, es lógico”.
Fue entonces cuando me dijo:”¿no conocés a otra?”.
Desde la última vez que nos habíamos visto había pasado tiempo y si bien alguna de las cartas que me envió traslucían cierta perspectiva de “acción revolucionaria”, no podía imaginarme hasta qué punto estaba involucrado. Así fue que cuando nos vimos, no demoró demasiado en contarme la misión urgente que tenía en sus manos, y, que, por razones de confianza, había pensado yo podría ayudarlo a cumplirla.
Hasta allí, creo que me sentí halagado, sin imaginar lo que seguía y cual sería mi rol.
En los planes de su grupo, y acorde al clima de época en retirada, tenían previsto infiltrar el grupo áulico de una familia típica de la alta burguesía, donde se tomaban decisiones cuya incidencia política era de primer orden.
De hecho, Alejo ya había ingresado al grupo y se había ganado la confianza de sus miembros, lo cual le permitía volver a Ecuador con una joven amiga para integrarla al grupo.
Ahí comenzaba mi papel, encontrar a una chica que diera con el perfil, tan bonita que gustara a todos, y que abrazara la causa. Enamorar a cierto personaje del grupo.
Luego de hablar con Alejo, supe rápidamente quien podría ser esa persona, es decir, quien podría resultar irrestible. De lo demás, no estaba seguro.
Paula, era una compañera de la facultad, con quien teníamos una relación tan intensa como extraña. A la distancia, todavía me cuesta describirla y hay cosas que jamás pude contar. Esas que los varones nos contámos entre amigos, esas mismas, yo no las pude contar.
Recuerdo que un día fui conciente de que podía enamorarme y decidí que debía alejarme. Me puse a imaginar modos de hacerlo, de convencerla de lo inconveniente de mi persona, hacerle algún desplante que le hiciera ver que efectivamente era mejor olvidarme; estaba en ese absurdo plan, cuando Alejo llegó hasta mí con su propuesta. Necesitaba una chica para enamorar a un poderoso empresario de alta burguesía ecuatoriana.
Le dije a Alejo que me diera unos días para hablar con Paula y, de algún modo, comunicarle la idea. Por aquel entonces, debo admitir, la cabeza de Alejo estaba irremediablemente extraviada, la mía bastante perdida, y la de Paula, confundida. Excelente cóctel para una aventura colectiva.
Aproveché uno de esos cortes entre la primera y segunda mitad de las clases, e invité a Paula a salir a conversar. Con Paula, siempre fuimos aristotélicos, elaborábamos nuestras ideas caminando por los alrededores de la facultad. En los últimos asientos del aula, en cambio, podría decirse, lacanianamente, que actuábamos el “pasaje al acto”.
Así fue que le conté de un amigo que tenía una propuesta para una chica que bien podría ser ella, para viajar al Ecuador a una misión que duraría unos meses largos pero que prometía tener interesantes resultados. Supongo que no abundé en detalles. Ella prometió pensar el asunto y responderme pronto. Volvimos a la clase. A los últimos asientos.
A la semana siguiente, Paula me dijo que estaba dispuesta a tener una reunión con mi amigo y escuchar su propuesta de primera mano. Me comuniqué con Alejo y sellamos una cita, como le gustaba pensar a él, en un bar clandestino (que no era otra cosa que un bar sin concurrentes, en la calle Sarmiento a la altura de Montevideo).
El día acordado me encontré con Paula a la salida de la estación del subte B. Nos dirigimos a la cita, un jueves a mediatarde y pude comprobar a la luz del día lo que ya sabía, todos los tipos se daban vuelta para mirarla. Paula, cuando caminaba, rajaba la tierra. También pensé, que nunca me bancaría estar con una chica así y tener que pelearme con 100 tipos por cada cuadra. Era claro, si partía a Ecuador, eso no me ocurriría.
Entramos al bar y Alejo estaba en una mesa lateral esperándonos. Cuando la vio, la ojeó de arriba abajo y me sonrió. Contrariamente a lo esperado me generó una clara incomodidad.
Del contenido de la charla, no puedo hablar, como Wittgenstein, sé que hay que callar.
Paula escuchó atenta y pareció considerar seriamente la idea, sus preocupaciones parecían rondar cuánto tiempo estaría afuera y cómo resolver la situación familiar. Quedaron en que la respuesta debía estar en una semana, a más tardar.
Salimos del bar con Paula. Alejo se quedó, con intención de valorar la situación y bosquejar algún informe a su grupo. Caminamos un rato en silencio. Paula parecía rumiar la situación, y yo me dí cuenta que me sentía molesto conmigo. Luego, Paula rumbeó hacia alguna cita que no recuerdo y yo me fui a caminar, a hacer tiempo, e intentar quitarme el malestar de encima.
Ese día no nos vimos en la facultad. Ni el siguiente. Mucho para pensar, decidir, imaginar.
El fin de semana, hice todo mal. No me sorprende. Discutiendo en el auto, tras tomar algo con Paula en el Bárbaro, en el Pasaje Tres Sargentos. No sé en donde la dejé, pero la noche terminó rápido. Patético, ni siquiera puedo repetir mis palabras.
La semana que siguió llegó la respuesta, con muchas dudas, negativa. “No por ahora”, le dijo Paula. Mi amigo, se apenó muchísimo, ya estaba convencido que tenía a la persona apropiada para la misión, me pidió por favor que la convenciera. Se sorprendió cuando le dije: “No”. Entonces, me miró y se sonrió, “no la querés largar, es lógico”.
Fue entonces cuando me dijo:”¿no conocés a otra?”.
martes, 22 de julio de 2008
El conferencista visitante
I.-
Sucedió, cuando terminó su conferencia, por la que le habían pagado el hotel, los pasajes, y viáticos por demás. Por la que soportó estoicamente el juego de entrevistas con algunos medios, y hasta una cena protocolar. Cuando salió de la sala, sin imaginar la deriva, sin esperarla. Como suceden las mejores historias. Que paso a contar.
Una mujer, una entre tantas, se le acercó, para formularle una pregunta que lo era tanto como una excusa para acercársele. Como solía hacer, aguantó las preguntas una tras otra, y, luego de responderlas, y saludar a los que aún quedaban en la sala, se retiró. Bajó las escaleras buscando la PB, enfiló hacia la puerta y salió a la calle a buscar un taxi que lo acercara hacia algún lugar. Tal vez, su hotel. Justo allí, en el frío húmedo de la noche, la mujer de la pregunta-excusa conversaba con una amiga, cuando al verlo salir, sin timidez alguna, le preguntaron en un exceso de confianza –pensó-, si quería que lo acercaran a algún lugar. Primero dudó, pero luego respondió favorablemente a la invitación sin tener muy claro el destino al que iba a proponer que lo acercaran.
Finalmente, el trío recaló en una confitería a sugerencia de la pareja de mujeres. La conversación discurrió entre descripciones de la sociedad local e impresiones de un viajero ocasional. La mujer que no había hecho preguntas se despidió, con la excusa de una cena hogareña, y, la otra, la que sí había preguntado, comenzó a personalizar la conversación. Al visitante, la hora avanzada no le afectaba, aunque se hizo evidente que sí, la sonrisa de su compañera ocasional. Sin saber muy bien cómo, la conversación se deslizó al auto, el auto a un hotel por horas, y el hotel a una cama compartida. Las horas que siguieron, no podría olvidarlas. La despedida, típica de adolescentes perdidos, los llevó hasta la esquina del hotel en el que estaba alojado. No se dejaron medio de contacto; estimaron que era mejor así.
II.-
Meses después, una nueva invitación –la universidad esta vez, no el gran diario local- lo condujo nuevamente a la misma ciudad. La fantasía, desde el momento en que recibió la invitación, –esta vez, no arguyó dificultades de agenda- lo persiguió hasta su llegada. Se apuró a resolver sus compromisos, rechazando protocolos y cumpliendo las demandas al paso hasta saberse libre y dueño de su tiempo. Entonces, hizo lo que había planificado una y otra vez. Se dirigió a la confitería de la que eran asiduas las dos mujeres que conoció, buscando a aquella con la que intimó esa noche, aquella que lo hizo perderse de sí, en su viaje anterior.
Sentado en una mesa, recorríó el lugar una y otra vez con su mirada, pero ninguna conocida se hizo presente en el lugar. Pensó que quizás le habían mentido y no solían encontrarse allí, o, tal vez, simplemente habían cambiado su sitio de encuentro. Su ansiedad lo empujó a salir, a la locura de buscar en las calles. Caminó, indagó en los rostros, comenzó a sentirse mal, tomó aire, compró una revista de ocasión, y, sin resignarse del todo, decidió un nuevo intento, regresando a la confitería de marras. La mujer que esperaba hallar no estaba en el lugar, pero pudo reconocer allí a su amiga, lo que representaba una esperanza que le aceleró el corazón; aunque le pareció que ella lo vio y le esquivó la mirada. Pero sin otra posibilidad, fiel a su deseo infinito por hallar a aquella que le enseñó el mundo en una noche, decidió enfrentarla. Mientras se acercaba a la mesa, la mujer ni siquiera le dirigió la mirada. Cuando estuvo a su vera, pareció no recordarlo, sólo ante su insistencia, admitió, primero, algún leve recuerdo, podría ser, no estaba segura, para luego, en voz baja, reconocerle la circunstancia, y recomendarle que no los vieran juntos. Le pidió, además, que regresara a su mesa y que cuando ella se retirara, la siguiera discretamente. El visitante no entendía qué sucedía, pero su deseo lo cegaba, y quizás su experiencia en otros campos de acción, lo llevó a aceptar la enigmática propuesta, y así lo hizo. Volvió a su mesa, pidió un café, y, mientras ojeaba la revista que había comprado, de refilón monitoreaba a la mujer, hasta que salió, y él fue detrás.
III.-
La siguió cuatro cuadras, hasta que la mujer ingresó a un enorme emporio de libros, y, en el primer piso, refugiada entre los estantes de Literatura Argentina y Literatura Inglesa, le dijo: “Es peligroso que nos vean. En particular, para ud. acercarse a esa confitería. Incluso, le recomendaría, que se vaya pronto de la ciudad”. El visitante entendía, por supuesto, el sentido de las palabras de la mujer pero no daba crédito a ellas. ¿Qué significaba toda esa perorata paranoica? Alterado, le exigió una explicación a la renuente mujer, que finalmente, le susurró: “La mujer con quien ud. durmió es -o era- la amante del Jefe y Dueño de la ciudad: drogas, juego, armas y prostitución. Desde el día después de haberse ido con ud., la mujer esta desaparecida, y nadie sabe de ella. Hay quien dice que se escapó, o eso quieren hacer creer. Lo cierto es que El Jefe la esta buscando, y a cualquiera que sepa algo de ella. Yo salvé mi vida porque dije no saber nada –y realmente no sé qué pasó, ni donde esta, si es que esta viva...- y porque estoy protegida, pero estoy segura de que me siguen. Y si sospechan algo de ud... y descubren que durmió con ella... Es todo lo que puedo decirle, ahora váyase ya, por favor!”
El visitante quiso saber más, necesitaba entender, preguntar dónde podría encontrarla, pero se enfrentó a una pared, por cuya grieta alcanzó a ver, que de saber sería mejor no saber. Que, quizás, en lo ocurrido entre el conferencista visitante y la mujer desaparecida, allí estaría la clave, en los hechos de esa última noche.
La mujer de hablar callado, salió urgida a la calle y ya no la volvió a ver.
IV.-
El visitante salió de la librería perplejo, desolado, y con una sensación de profundo abandono. De pérdida incomprensible, que crecía a cada paso. Se dirigió al hotel, tomó sus pocas cosas y partió rumbo a la terminal de ómnibus. En el viaje no pudo conciliar el sueño, soñando despierto con una mujer a la que jamás volvería a ver. Recordando para sí aquella noche que todo lo cambiaría. Cuando supo quien era. Le gustó pensar que, tal vez, ella también.
Sucedió, cuando terminó su conferencia, por la que le habían pagado el hotel, los pasajes, y viáticos por demás. Por la que soportó estoicamente el juego de entrevistas con algunos medios, y hasta una cena protocolar. Cuando salió de la sala, sin imaginar la deriva, sin esperarla. Como suceden las mejores historias. Que paso a contar.
Una mujer, una entre tantas, se le acercó, para formularle una pregunta que lo era tanto como una excusa para acercársele. Como solía hacer, aguantó las preguntas una tras otra, y, luego de responderlas, y saludar a los que aún quedaban en la sala, se retiró. Bajó las escaleras buscando la PB, enfiló hacia la puerta y salió a la calle a buscar un taxi que lo acercara hacia algún lugar. Tal vez, su hotel. Justo allí, en el frío húmedo de la noche, la mujer de la pregunta-excusa conversaba con una amiga, cuando al verlo salir, sin timidez alguna, le preguntaron en un exceso de confianza –pensó-, si quería que lo acercaran a algún lugar. Primero dudó, pero luego respondió favorablemente a la invitación sin tener muy claro el destino al que iba a proponer que lo acercaran.
Finalmente, el trío recaló en una confitería a sugerencia de la pareja de mujeres. La conversación discurrió entre descripciones de la sociedad local e impresiones de un viajero ocasional. La mujer que no había hecho preguntas se despidió, con la excusa de una cena hogareña, y, la otra, la que sí había preguntado, comenzó a personalizar la conversación. Al visitante, la hora avanzada no le afectaba, aunque se hizo evidente que sí, la sonrisa de su compañera ocasional. Sin saber muy bien cómo, la conversación se deslizó al auto, el auto a un hotel por horas, y el hotel a una cama compartida. Las horas que siguieron, no podría olvidarlas. La despedida, típica de adolescentes perdidos, los llevó hasta la esquina del hotel en el que estaba alojado. No se dejaron medio de contacto; estimaron que era mejor así.
II.-
Meses después, una nueva invitación –la universidad esta vez, no el gran diario local- lo condujo nuevamente a la misma ciudad. La fantasía, desde el momento en que recibió la invitación, –esta vez, no arguyó dificultades de agenda- lo persiguió hasta su llegada. Se apuró a resolver sus compromisos, rechazando protocolos y cumpliendo las demandas al paso hasta saberse libre y dueño de su tiempo. Entonces, hizo lo que había planificado una y otra vez. Se dirigió a la confitería de la que eran asiduas las dos mujeres que conoció, buscando a aquella con la que intimó esa noche, aquella que lo hizo perderse de sí, en su viaje anterior.
Sentado en una mesa, recorríó el lugar una y otra vez con su mirada, pero ninguna conocida se hizo presente en el lugar. Pensó que quizás le habían mentido y no solían encontrarse allí, o, tal vez, simplemente habían cambiado su sitio de encuentro. Su ansiedad lo empujó a salir, a la locura de buscar en las calles. Caminó, indagó en los rostros, comenzó a sentirse mal, tomó aire, compró una revista de ocasión, y, sin resignarse del todo, decidió un nuevo intento, regresando a la confitería de marras. La mujer que esperaba hallar no estaba en el lugar, pero pudo reconocer allí a su amiga, lo que representaba una esperanza que le aceleró el corazón; aunque le pareció que ella lo vio y le esquivó la mirada. Pero sin otra posibilidad, fiel a su deseo infinito por hallar a aquella que le enseñó el mundo en una noche, decidió enfrentarla. Mientras se acercaba a la mesa, la mujer ni siquiera le dirigió la mirada. Cuando estuvo a su vera, pareció no recordarlo, sólo ante su insistencia, admitió, primero, algún leve recuerdo, podría ser, no estaba segura, para luego, en voz baja, reconocerle la circunstancia, y recomendarle que no los vieran juntos. Le pidió, además, que regresara a su mesa y que cuando ella se retirara, la siguiera discretamente. El visitante no entendía qué sucedía, pero su deseo lo cegaba, y quizás su experiencia en otros campos de acción, lo llevó a aceptar la enigmática propuesta, y así lo hizo. Volvió a su mesa, pidió un café, y, mientras ojeaba la revista que había comprado, de refilón monitoreaba a la mujer, hasta que salió, y él fue detrás.
III.-
La siguió cuatro cuadras, hasta que la mujer ingresó a un enorme emporio de libros, y, en el primer piso, refugiada entre los estantes de Literatura Argentina y Literatura Inglesa, le dijo: “Es peligroso que nos vean. En particular, para ud. acercarse a esa confitería. Incluso, le recomendaría, que se vaya pronto de la ciudad”. El visitante entendía, por supuesto, el sentido de las palabras de la mujer pero no daba crédito a ellas. ¿Qué significaba toda esa perorata paranoica? Alterado, le exigió una explicación a la renuente mujer, que finalmente, le susurró: “La mujer con quien ud. durmió es -o era- la amante del Jefe y Dueño de la ciudad: drogas, juego, armas y prostitución. Desde el día después de haberse ido con ud., la mujer esta desaparecida, y nadie sabe de ella. Hay quien dice que se escapó, o eso quieren hacer creer. Lo cierto es que El Jefe la esta buscando, y a cualquiera que sepa algo de ella. Yo salvé mi vida porque dije no saber nada –y realmente no sé qué pasó, ni donde esta, si es que esta viva...- y porque estoy protegida, pero estoy segura de que me siguen. Y si sospechan algo de ud... y descubren que durmió con ella... Es todo lo que puedo decirle, ahora váyase ya, por favor!”
El visitante quiso saber más, necesitaba entender, preguntar dónde podría encontrarla, pero se enfrentó a una pared, por cuya grieta alcanzó a ver, que de saber sería mejor no saber. Que, quizás, en lo ocurrido entre el conferencista visitante y la mujer desaparecida, allí estaría la clave, en los hechos de esa última noche.
La mujer de hablar callado, salió urgida a la calle y ya no la volvió a ver.
IV.-
El visitante salió de la librería perplejo, desolado, y con una sensación de profundo abandono. De pérdida incomprensible, que crecía a cada paso. Se dirigió al hotel, tomó sus pocas cosas y partió rumbo a la terminal de ómnibus. En el viaje no pudo conciliar el sueño, soñando despierto con una mujer a la que jamás volvería a ver. Recordando para sí aquella noche que todo lo cambiaría. Cuando supo quien era. Le gustó pensar que, tal vez, ella también.
martes, 24 de julio de 2007
La historia del cuervo - Partes I a IV
Parte I
Todo empezó una tarde de sol en el departamento de la calle Margaritas.
Yo ya no sé muy bien, cómo. Cual fue la primera señal. Mi memoria al respecto es confusa, efecto de los hechos. Lo que puedo recordar, es lo que sigue.
Escuchaba tranquilamente música en el living cuando en eso me sorprendió el ruido de unos golpes que parecían provenir de la habitación de E. Se oyó como quien golpea una puerta, pidiendo entrar. No presté demasiada atención, y seguí leyendo. Unos minutos después se repitieron los golpes. Y, enseguida, otra vez. Desde el living, pregunté en voz alta –las puertas de las habitaciones estaban cerradas- si necesitaba algo. Por única respuesta pude oír otros golpes, que sonaron como los anteriores. Confundido, me dirigí hacia su habitación. Cuando estuve frente a su puerta, desde el pasillo, pregunté, nuevamente, si necesitaba algo. E, abrió la puerta y con cara de no-sé-de-qué-me-hablás, me dijo, “¿no, por qué?”. Le explico que me pareció oír unos golpes que tuve la impresión venían de su habitación y que, bueno, pensé que necesitaba algo, eso era todo. Pero que, si él no había golpeado nada, no tenía idea de dónde provenían los golpes. E. me miró extrañado y me dijo que también había escuchado unos golpes y que pensó que los había hecho yo, que siempre estaba arreglando algo. Y agregó un comentario que me sorprendió, que los golpes venían de mi habitación. En mi posición, desde el living, yo había creído, en cambio, que venían de la suya, porque, claro, sabía que en mi pieza.... no había nadie. Y fue en ese momento, en ese preciso instante, que sucedió nuevamente. Los golpes, que ahora se oían más fuertes. La sorpresa nos congeló. E. tenía razón, venían de mi habitación. Nos miramos en el pasillo frente a la puerta. Nos paralizamos un momento, hasta que decidimos abrir y descubrir qué o quién los producía. Las posibilidades se reducían a dos, o alguien nos jugaba una broma (nuestras amigas disponían de llave), o, alguien había ingresado por la ventana (estábamos en un primer piso y trepar era posible). Finalmente, tomamos ánimo y agresivamente abrimos. La puerta, que daba frente a una gran ventana que se abría al jardín, giró con violencia. Y allí lo vimos, delante nuestro, tras el vidrio. Primero, nos quedamos mudos, mientras nos miraba fijamente. Luego, cuando empezó a chocar contra el vidrio, empezamos a gritarle: “¡Fuera!”, “¡No!”. Pero el cuervo se volvía a lanzar, estrellaba su cabeza y nos miraba. ¡Nos miraba! ¡El cuervo negro nos miraba! Yendo y viniendo, golpeando su cabeza contra la ventana, una y otra vez. Intentaba entrar. El vidrio, que temblaba con los golpes, parecía a punto de romperse. “¡Fuera!”, le gritamos. “¡Fuera!”.
Continuará...
Parte II
El susto era tan grande como la sorpresa, ¡ojála hubiera entrado un ratero, al menos hubiéramos sabido como reaccionar y sin desatarse nuestra locura!. Luego de unos segundos, no soportamos más la situación, viendo al bicho estrellarse contra el vidrio y abrir sus alas cada vez; salimos de la habitación y cerramos con fuerza la puerta. Ya en el pasillo, continuaban escuchándose los golpes en la ventana... hasta que, de pronto, cesaron. Nos quedamos en silencio y sin palabras. Pensábamos como podíamos, no muy racional, ni claramente, claro que la situación tampoco lo era, si es que eso nos disculpa. Pasado unos momentos, empezamos a hablar e intentamos, como suele hacerse, darle algún sentido tranquilizador a lo sucedido, que un ave enferma, despistada, que estaría perdida y quizá drogada, en fin... que sin darnos cuenta, nos dirigimos para seguir conversando del asunto hacia otra habitación, y, al poco de estar allí, ¡el pajarraco negro otra vez!, chocando como un poseso contra la ventana de la habitación en la que nos hallábamos. Eso fue la locura, la insanía. ¡El pájaro había decidido seguirnos hasta donde estábamos! Y, allí atacaba al vidrio una vez más, nos atacaba, intentando romperlo e ingresar. De pronto, se retiró, y se detuvo en la rama de un árbol cercano desde el cual nos miraba. Y, luego, sin aviso, ¡se lanzaba al ataque contra la ventana! Con la cordura abandonándonos, entre gritos, corrimos la persiana metálica de la ventana, para no verlo más, y para que no nos viera. Y por si lograba romper el vidrio, cosa de la que ya no dudábamos. Ahí estábamos, a los gritos, convencidos que venía por nosotros, cuando, nuevamente se detuvieron los golpes contra la ventana, permitiéndonos un breve descanso... cuando escuchamos unos ruidos en el living, y caímos en la cuenta de que la ventana de la cocina, con que lindaba, había quedado abierta...
Hicimos lo que cualquiera a esa altura hubiera hecho, cerramos la puerta de la habitación y nos encerramos. Momento de protegerse. Estábamos convencidos, había entrado, dispuesto a todo. Los pensamientos nos corrían a una velocidad desconocida. Un momento, gritábamos. Otro, hacíamos silencio aboluto, esperando que algún ruido lo delatara, porque seguro estaba allí, aguardando que saliéramos de la habitación, para, por lo menos, quitarnos los ojos, sí, eso debía ser. Hasta que decidimos que no podíamos continuar encerrados –ya se había hecho de noche-, y concluimos que debíamos contratacar.
No era fácil, nada era fácil, lo imaginábamos destinado a una misión de la que no cejaría. Qué otra interpretación, sino. Menos queríamos imaginar de quien era enviado. Entonces, luego de discutir el mejor modo, ya jugados, decidimos que deberíamos capturarlo, vivo o muerto, sin pensar en las consecuencias que estos actos nos pudieran acarrear. Eran nuestras vidas, de todos modos, las que estaban en juego. Así pues, tomamos la manta más grande que encontramos, la abrimos de modo de cubrir una gran superficie, y, sumando valor, nos preparamos para abrir la puerta y salir a atraparlo. Era él o éramos nosotros. Las cartas, estaban echadas. A la cuenta de tres, saldríamos a su encuentro. Contamos: “uno, dos, tres...”. ¡Y salimos! ¡Yeaaaah!... los ojos desorbitados...
Continuará...
Parte III
Salimos al pasillo a los gritos –con ánimo de espantar a la bestia con alas- agitando las manos y con una manta que “barría” el pasillo. Gritamos como salvajes de una tribu en pleno rito. AAAAHHH... EEEEHHH... Limpiando el terreno, ganando zonas liberadas en el departamento. Y cuando estábamos a los gritos en el living, con la manta como escudo y red de caza, oímos una llave girando en la cerradura de la puerta.
Eso nos sorprendió un momento, todavía no habíamos “ingresado” a esa zona del departamento y el cuervo podría escaparse por la puerta, o atacar a quien quisiera ingresar..., quizás estaba agazapado en la cocina, esperando su ocasión, para lanzarse con su aterrador “cruick”, embistiendo como ya lo había hecho contra las ventanas...
Fueron unos segundos de agitación intensa, hasta que la puerta se abrió y se escuchó: “¿Qué estan haciendo?, ¿uds. estan gritando?”... Era A., la novia de E., que asistía sin proponérselo a una escena descabellada. En ese momento, E. le pidió que cerrara pronto la puerta y saliera de allí, que se “escondiera” atrás nuestro. A. Le hizo caso, un poco entre divertida y sorprendida, pero el tono de E. resultaba conminatorio.
Inmediatamente, retomamos la tarea de “limpieza”, mientras comenzamos un intento de “explicación” a A. Cuando terminamos de revisar todos los rincones del living, con sumo cuidado, para no vernos sorprendidos, nos dirigimos hacia la cocina (A., inmóvil en el pasillo, ya no se reía, tal vez, pensando que de verdad había algo malo en el departamento, o, tal vez, que estábamos fatalmente drogados). La cocina podía ser un sitio peligroso, por su diseño, era fácil ocultarse en algún rincón, por lo que no podíamos ver todos los ángulos, ni debajo de la mesa, ni detrás de la heladera, o sea, un campo minado. Tampoco podíamos entrar de a dos con la manta alzada por la puerta. Era necesario tener valor.
No recuerdo quien entró, si E., o yo. Pongamos que el mérito al valor, en este caso, fuera mío y que fui quien entró. A E., todavía le tocaría una parte más temible, poco después. Así fue que entré, con alguna clase de grito samurai, parcialmente protegido por una manta que no permitía ver con claridad si lo que había delante era un pajarraco o una licuadora. En fin, que fueron momentos tensos, con la adrenalina a pleno, gritando por los rincones de la cocina hasta que la zona quedó asegurada y me apresuré a cerrar la ventana. Salí de la cocina con la tranquilidad del deber cumplido,como suele decirse.
Lo que siguió fue sentarnos en el living, a tratar de explicarnos que había sucedido, con A. preguntando y nosotros balbuceando respuestas. La tensión siguió por largo rato. Supongo que estábamos atentos a cualquier ruido extraño que pudiera provenir de donde fuera. Y creíamos poder escuchar a varias cuadras a la redonda. Fin de la toma I. Charlamos (mucho), comimos (poco), y tratamos de dormir (nada). A la mañana, un nuevo día. Hicimos bromas sobre lo sucedido y a dejarla pasar, mejor.
Dos días después, estando E. ordenando objetos que había traído recientemente de la casa de su madre, llegó la sorpresa, cuando descubrió, en un viejo cofre, un crucifijo negro, que, cómo salido del “necronomicón”, tenía grabada una calavera y unos extraños símbolos. Una pieza cuyos detalles sorprendían y generaban la sensación de que algo allí estaba mal. E. empezó entonces a recordar la historia de esa cruz, lo poco que de ella sabía, que una vecina (de quien el barrio hizo correr numerosas habladurías) se lo había entregado, antes de morir, a su madre quien, a su vez, no se había detenido en ella y la había guardado en un arcón. Ese arcón, precisamente, lo tomó E., junto a otros objetos, y, por esas cosas del destino, llegó al departamento... junto con la visita del pájaro negro. Recuerdo el momento de ese descubrimiento como si fuera, hoy... Cuando advertimos la secuencia de sucesos, y observamos con detenimiento la cruz, su diseño y su aspecto, y ya no tuvimos lugar para la duda, se trataba de un objeto de magia negra.
E. no recordaba mucho de aquella vecina, pero la interpretación cuajaba y algunos comentarios sobre ella, resultaban, para nosotros, confirmatorios. Con una salida inexorable: había que deshacerse de la cruz. Llegamos a la conclusión de que lo que debíamos hacer era llevarla y dejarla en la puerta de la iglesia. Una tarea urgente. Allí sabrían qué hacer con ella.
Las horas habían pasado, se había hecho de noche, y eso era desalentador. Había que llevarla ya, y coincidimos en que era E. quien debía hacerlo. Entonces, E. me confío algo, que, hasta ese momento, no me había dicho: desde que sucedió lo que sucedió, cada vez que salía del departamento, tenía la sensación de que algo lo seguía... desde el aire. Un par de veces, giró abruptamente y pudo ver que algo se movía en las ramas últimas del árbol más próximo. Lo decía y daba impresión. La sensación no lo abandonaba. Lo tengo bien presente, cuando nos despedimos como si no fuera a regresar. Yo estaba convencido que eso podía suceder. E. se abrigó, tomo la cruz, la envolvió en papeles, y salió. Las seis cuadras hasta la iglesia podían ser muchas.
Continuará...
Parte IV y final
Sería fácil decir que el asunto concluyó allí y que todo volvió a la normalidad. Porque no fue así. Los hechos. E. tardó en regresar, bastante más de lo que podía tomarle ir hasta la iglesia y regresar. Cuando ya comenzaba a preocuparme, abrió la puerta, y entró. “¿La dejaste? ¿todo bien?”, pregunté.” Y contó, lo que sigue a continuación:
“Sí pero, hubieron cosas muy raras..., a medida que caminaba las luces de la calle se apagaban, primero, por donde yo andaba, después, en toda la cuadra, luego cruzo, y en la siguiente, así hasta que, cuando estoy por llegar a la iglesia... ¡todo se apagó!, y, quedó totalmente a oscuras... negro absoluto. Además, en el camino, había un revuelo extraño en los árboles, un pájaro casi me choca y tuve que agacharme. Sentí nuevamente una presencia en lo alto, que me acompañaba o me seguía...”. “Pero ya estaba jugado, así que apuré el paso y cuando se apagó la luz completamente, no pude acercarme hasta la puerta de la iglesia, era una boca de lobo y decidí no ir hasta allí, así que saqué la cruz entre papeles y la deposité arriba de uno de los pilares de la entrada”. “La dejé, y me vine lo más rápido que pude, supongo que ya esta hecho. La vuelta fue más tranquila, volvió la luz.”
Los días siguientes, transcurrieron sin aves psicóticas estrellándose contra nuestras ventanas, ni crucifijos con calaveras en nuestros cajones, ni cortes de luz mientras uno camina, ni pájaros que vuelan a la altura de nuestras cabezas como apuntándoles. La vida había vuelto a su tonta normalidad. Hablábamos de ello, bromeábamos, y nos olvidábamos (o lo intentábamos). Otra vez, fútbol y mujeres. Mujeres y fúbol.
Pasó la semana. Pasó el sábado. El domingo, fui a almorzar a la casa de mis padres. Pastas, chismes familiares, la facultad, y los hechos de la semana, esas conversaciones. Obviamente, la historia del pájaro, no entraba en mis planes. Hasta que mi madre me dice en el postre: “¿viste lo que le sucedió al Padre Reinolds? Esta muy enfermo. Nadie lo esperaba. Lo internaron el martes. No saben qué tiene, pero parece que esta muy mal...” Y no pude seguir comiendo. “¿No saben qué tiene?, ¿le pasó alguna cosa, un accidente, algo?”, pregunté. “No”, me dijo mi madre. “Parece que fue de golpe. Y no logran diagnosticarlo”.
No, el Padre Reinolds no murió entonces, pero tardó mucho tiempo en salir de la internación, y nunca se recuperó del todo. Moriría un tiempo después.
Estos, son los hechos. Si el daño existe, encontró como descargarse.
Tiempo después, nos cruzamos con Antonio Las Heras (el famoso investigador de fenómenos insólitos y paranormales) y lo confrontamos con la historia del ave, “el ataque del AVE”, le propusimos, pero él nos devolvió: “¿el ataque de la nave?, ¿qué nave?, ¿dónde esta la nave?”...
Después de ese intento, nunca volví a contar, públicamente, “la historia del cuervo”. Por eso, la cuento acá. Y cierren esa ventana.
Todo empezó una tarde de sol en el departamento de la calle Margaritas.
Yo ya no sé muy bien, cómo. Cual fue la primera señal. Mi memoria al respecto es confusa, efecto de los hechos. Lo que puedo recordar, es lo que sigue.
Escuchaba tranquilamente música en el living cuando en eso me sorprendió el ruido de unos golpes que parecían provenir de la habitación de E. Se oyó como quien golpea una puerta, pidiendo entrar. No presté demasiada atención, y seguí leyendo. Unos minutos después se repitieron los golpes. Y, enseguida, otra vez. Desde el living, pregunté en voz alta –las puertas de las habitaciones estaban cerradas- si necesitaba algo. Por única respuesta pude oír otros golpes, que sonaron como los anteriores. Confundido, me dirigí hacia su habitación. Cuando estuve frente a su puerta, desde el pasillo, pregunté, nuevamente, si necesitaba algo. E, abrió la puerta y con cara de no-sé-de-qué-me-hablás, me dijo, “¿no, por qué?”. Le explico que me pareció oír unos golpes que tuve la impresión venían de su habitación y que, bueno, pensé que necesitaba algo, eso era todo. Pero que, si él no había golpeado nada, no tenía idea de dónde provenían los golpes. E. me miró extrañado y me dijo que también había escuchado unos golpes y que pensó que los había hecho yo, que siempre estaba arreglando algo. Y agregó un comentario que me sorprendió, que los golpes venían de mi habitación. En mi posición, desde el living, yo había creído, en cambio, que venían de la suya, porque, claro, sabía que en mi pieza.... no había nadie. Y fue en ese momento, en ese preciso instante, que sucedió nuevamente. Los golpes, que ahora se oían más fuertes. La sorpresa nos congeló. E. tenía razón, venían de mi habitación. Nos miramos en el pasillo frente a la puerta. Nos paralizamos un momento, hasta que decidimos abrir y descubrir qué o quién los producía. Las posibilidades se reducían a dos, o alguien nos jugaba una broma (nuestras amigas disponían de llave), o, alguien había ingresado por la ventana (estábamos en un primer piso y trepar era posible). Finalmente, tomamos ánimo y agresivamente abrimos. La puerta, que daba frente a una gran ventana que se abría al jardín, giró con violencia. Y allí lo vimos, delante nuestro, tras el vidrio. Primero, nos quedamos mudos, mientras nos miraba fijamente. Luego, cuando empezó a chocar contra el vidrio, empezamos a gritarle: “¡Fuera!”, “¡No!”. Pero el cuervo se volvía a lanzar, estrellaba su cabeza y nos miraba. ¡Nos miraba! ¡El cuervo negro nos miraba! Yendo y viniendo, golpeando su cabeza contra la ventana, una y otra vez. Intentaba entrar. El vidrio, que temblaba con los golpes, parecía a punto de romperse. “¡Fuera!”, le gritamos. “¡Fuera!”.
Continuará...
Parte II
El susto era tan grande como la sorpresa, ¡ojála hubiera entrado un ratero, al menos hubiéramos sabido como reaccionar y sin desatarse nuestra locura!. Luego de unos segundos, no soportamos más la situación, viendo al bicho estrellarse contra el vidrio y abrir sus alas cada vez; salimos de la habitación y cerramos con fuerza la puerta. Ya en el pasillo, continuaban escuchándose los golpes en la ventana... hasta que, de pronto, cesaron. Nos quedamos en silencio y sin palabras. Pensábamos como podíamos, no muy racional, ni claramente, claro que la situación tampoco lo era, si es que eso nos disculpa. Pasado unos momentos, empezamos a hablar e intentamos, como suele hacerse, darle algún sentido tranquilizador a lo sucedido, que un ave enferma, despistada, que estaría perdida y quizá drogada, en fin... que sin darnos cuenta, nos dirigimos para seguir conversando del asunto hacia otra habitación, y, al poco de estar allí, ¡el pajarraco negro otra vez!, chocando como un poseso contra la ventana de la habitación en la que nos hallábamos. Eso fue la locura, la insanía. ¡El pájaro había decidido seguirnos hasta donde estábamos! Y, allí atacaba al vidrio una vez más, nos atacaba, intentando romperlo e ingresar. De pronto, se retiró, y se detuvo en la rama de un árbol cercano desde el cual nos miraba. Y, luego, sin aviso, ¡se lanzaba al ataque contra la ventana! Con la cordura abandonándonos, entre gritos, corrimos la persiana metálica de la ventana, para no verlo más, y para que no nos viera. Y por si lograba romper el vidrio, cosa de la que ya no dudábamos. Ahí estábamos, a los gritos, convencidos que venía por nosotros, cuando, nuevamente se detuvieron los golpes contra la ventana, permitiéndonos un breve descanso... cuando escuchamos unos ruidos en el living, y caímos en la cuenta de que la ventana de la cocina, con que lindaba, había quedado abierta...
Hicimos lo que cualquiera a esa altura hubiera hecho, cerramos la puerta de la habitación y nos encerramos. Momento de protegerse. Estábamos convencidos, había entrado, dispuesto a todo. Los pensamientos nos corrían a una velocidad desconocida. Un momento, gritábamos. Otro, hacíamos silencio aboluto, esperando que algún ruido lo delatara, porque seguro estaba allí, aguardando que saliéramos de la habitación, para, por lo menos, quitarnos los ojos, sí, eso debía ser. Hasta que decidimos que no podíamos continuar encerrados –ya se había hecho de noche-, y concluimos que debíamos contratacar.
No era fácil, nada era fácil, lo imaginábamos destinado a una misión de la que no cejaría. Qué otra interpretación, sino. Menos queríamos imaginar de quien era enviado. Entonces, luego de discutir el mejor modo, ya jugados, decidimos que deberíamos capturarlo, vivo o muerto, sin pensar en las consecuencias que estos actos nos pudieran acarrear. Eran nuestras vidas, de todos modos, las que estaban en juego. Así pues, tomamos la manta más grande que encontramos, la abrimos de modo de cubrir una gran superficie, y, sumando valor, nos preparamos para abrir la puerta y salir a atraparlo. Era él o éramos nosotros. Las cartas, estaban echadas. A la cuenta de tres, saldríamos a su encuentro. Contamos: “uno, dos, tres...”. ¡Y salimos! ¡Yeaaaah!... los ojos desorbitados...
Continuará...
Parte III
Salimos al pasillo a los gritos –con ánimo de espantar a la bestia con alas- agitando las manos y con una manta que “barría” el pasillo. Gritamos como salvajes de una tribu en pleno rito. AAAAHHH... EEEEHHH... Limpiando el terreno, ganando zonas liberadas en el departamento. Y cuando estábamos a los gritos en el living, con la manta como escudo y red de caza, oímos una llave girando en la cerradura de la puerta.
Eso nos sorprendió un momento, todavía no habíamos “ingresado” a esa zona del departamento y el cuervo podría escaparse por la puerta, o atacar a quien quisiera ingresar..., quizás estaba agazapado en la cocina, esperando su ocasión, para lanzarse con su aterrador “cruick”, embistiendo como ya lo había hecho contra las ventanas...
Fueron unos segundos de agitación intensa, hasta que la puerta se abrió y se escuchó: “¿Qué estan haciendo?, ¿uds. estan gritando?”... Era A., la novia de E., que asistía sin proponérselo a una escena descabellada. En ese momento, E. le pidió que cerrara pronto la puerta y saliera de allí, que se “escondiera” atrás nuestro. A. Le hizo caso, un poco entre divertida y sorprendida, pero el tono de E. resultaba conminatorio.
Inmediatamente, retomamos la tarea de “limpieza”, mientras comenzamos un intento de “explicación” a A. Cuando terminamos de revisar todos los rincones del living, con sumo cuidado, para no vernos sorprendidos, nos dirigimos hacia la cocina (A., inmóvil en el pasillo, ya no se reía, tal vez, pensando que de verdad había algo malo en el departamento, o, tal vez, que estábamos fatalmente drogados). La cocina podía ser un sitio peligroso, por su diseño, era fácil ocultarse en algún rincón, por lo que no podíamos ver todos los ángulos, ni debajo de la mesa, ni detrás de la heladera, o sea, un campo minado. Tampoco podíamos entrar de a dos con la manta alzada por la puerta. Era necesario tener valor.
No recuerdo quien entró, si E., o yo. Pongamos que el mérito al valor, en este caso, fuera mío y que fui quien entró. A E., todavía le tocaría una parte más temible, poco después. Así fue que entré, con alguna clase de grito samurai, parcialmente protegido por una manta que no permitía ver con claridad si lo que había delante era un pajarraco o una licuadora. En fin, que fueron momentos tensos, con la adrenalina a pleno, gritando por los rincones de la cocina hasta que la zona quedó asegurada y me apresuré a cerrar la ventana. Salí de la cocina con la tranquilidad del deber cumplido,como suele decirse.
Lo que siguió fue sentarnos en el living, a tratar de explicarnos que había sucedido, con A. preguntando y nosotros balbuceando respuestas. La tensión siguió por largo rato. Supongo que estábamos atentos a cualquier ruido extraño que pudiera provenir de donde fuera. Y creíamos poder escuchar a varias cuadras a la redonda. Fin de la toma I. Charlamos (mucho), comimos (poco), y tratamos de dormir (nada). A la mañana, un nuevo día. Hicimos bromas sobre lo sucedido y a dejarla pasar, mejor.
Dos días después, estando E. ordenando objetos que había traído recientemente de la casa de su madre, llegó la sorpresa, cuando descubrió, en un viejo cofre, un crucifijo negro, que, cómo salido del “necronomicón”, tenía grabada una calavera y unos extraños símbolos. Una pieza cuyos detalles sorprendían y generaban la sensación de que algo allí estaba mal. E. empezó entonces a recordar la historia de esa cruz, lo poco que de ella sabía, que una vecina (de quien el barrio hizo correr numerosas habladurías) se lo había entregado, antes de morir, a su madre quien, a su vez, no se había detenido en ella y la había guardado en un arcón. Ese arcón, precisamente, lo tomó E., junto a otros objetos, y, por esas cosas del destino, llegó al departamento... junto con la visita del pájaro negro. Recuerdo el momento de ese descubrimiento como si fuera, hoy... Cuando advertimos la secuencia de sucesos, y observamos con detenimiento la cruz, su diseño y su aspecto, y ya no tuvimos lugar para la duda, se trataba de un objeto de magia negra.
E. no recordaba mucho de aquella vecina, pero la interpretación cuajaba y algunos comentarios sobre ella, resultaban, para nosotros, confirmatorios. Con una salida inexorable: había que deshacerse de la cruz. Llegamos a la conclusión de que lo que debíamos hacer era llevarla y dejarla en la puerta de la iglesia. Una tarea urgente. Allí sabrían qué hacer con ella.
Las horas habían pasado, se había hecho de noche, y eso era desalentador. Había que llevarla ya, y coincidimos en que era E. quien debía hacerlo. Entonces, E. me confío algo, que, hasta ese momento, no me había dicho: desde que sucedió lo que sucedió, cada vez que salía del departamento, tenía la sensación de que algo lo seguía... desde el aire. Un par de veces, giró abruptamente y pudo ver que algo se movía en las ramas últimas del árbol más próximo. Lo decía y daba impresión. La sensación no lo abandonaba. Lo tengo bien presente, cuando nos despedimos como si no fuera a regresar. Yo estaba convencido que eso podía suceder. E. se abrigó, tomo la cruz, la envolvió en papeles, y salió. Las seis cuadras hasta la iglesia podían ser muchas.
Continuará...
Parte IV y final
Sería fácil decir que el asunto concluyó allí y que todo volvió a la normalidad. Porque no fue así. Los hechos. E. tardó en regresar, bastante más de lo que podía tomarle ir hasta la iglesia y regresar. Cuando ya comenzaba a preocuparme, abrió la puerta, y entró. “¿La dejaste? ¿todo bien?”, pregunté.” Y contó, lo que sigue a continuación:
“Sí pero, hubieron cosas muy raras..., a medida que caminaba las luces de la calle se apagaban, primero, por donde yo andaba, después, en toda la cuadra, luego cruzo, y en la siguiente, así hasta que, cuando estoy por llegar a la iglesia... ¡todo se apagó!, y, quedó totalmente a oscuras... negro absoluto. Además, en el camino, había un revuelo extraño en los árboles, un pájaro casi me choca y tuve que agacharme. Sentí nuevamente una presencia en lo alto, que me acompañaba o me seguía...”. “Pero ya estaba jugado, así que apuré el paso y cuando se apagó la luz completamente, no pude acercarme hasta la puerta de la iglesia, era una boca de lobo y decidí no ir hasta allí, así que saqué la cruz entre papeles y la deposité arriba de uno de los pilares de la entrada”. “La dejé, y me vine lo más rápido que pude, supongo que ya esta hecho. La vuelta fue más tranquila, volvió la luz.”
Los días siguientes, transcurrieron sin aves psicóticas estrellándose contra nuestras ventanas, ni crucifijos con calaveras en nuestros cajones, ni cortes de luz mientras uno camina, ni pájaros que vuelan a la altura de nuestras cabezas como apuntándoles. La vida había vuelto a su tonta normalidad. Hablábamos de ello, bromeábamos, y nos olvidábamos (o lo intentábamos). Otra vez, fútbol y mujeres. Mujeres y fúbol.
Pasó la semana. Pasó el sábado. El domingo, fui a almorzar a la casa de mis padres. Pastas, chismes familiares, la facultad, y los hechos de la semana, esas conversaciones. Obviamente, la historia del pájaro, no entraba en mis planes. Hasta que mi madre me dice en el postre: “¿viste lo que le sucedió al Padre Reinolds? Esta muy enfermo. Nadie lo esperaba. Lo internaron el martes. No saben qué tiene, pero parece que esta muy mal...” Y no pude seguir comiendo. “¿No saben qué tiene?, ¿le pasó alguna cosa, un accidente, algo?”, pregunté. “No”, me dijo mi madre. “Parece que fue de golpe. Y no logran diagnosticarlo”.
No, el Padre Reinolds no murió entonces, pero tardó mucho tiempo en salir de la internación, y nunca se recuperó del todo. Moriría un tiempo después.
Estos, son los hechos. Si el daño existe, encontró como descargarse.
Tiempo después, nos cruzamos con Antonio Las Heras (el famoso investigador de fenómenos insólitos y paranormales) y lo confrontamos con la historia del ave, “el ataque del AVE”, le propusimos, pero él nos devolvió: “¿el ataque de la nave?, ¿qué nave?, ¿dónde esta la nave?”...
Después de ese intento, nunca volví a contar, públicamente, “la historia del cuervo”. Por eso, la cuento acá. Y cierren esa ventana.
lunes, 23 de julio de 2007
Dios y las hostias de chocolate
Todo empezó con la decisión de mis padres de que “hiciera” la comunión (también decían “tomar la comunión”, como si fuera una cindor). Por entonces, yo no sabía nada sobre comuniones u otras uniones, pero sí sabía que “hacer la comunión” significaba ir varias veces por semana a la iglesia. Poco después, supe que iba a tener que leer un pequeño libro que hablaba de historias que entendía poco y mal, que, en su momento, debería explicar. A mí, los libros siempre me gustaron, pero este era diferente: con oraciones solemnes y un tono severo que buscaba asustar, aunque me causaba gracia (pronto supe que eso estaba mal porque los adultos no se lo tomaban muy bien). La cosa era que debía ir a la iglesia varias veces a la semana durante ¡seis meses!, y si no aprobába, seis meses más, lo que era el mismo infierno.
Los sábados leíamos en la iglesia, y se suponía que durante la semana lo hacíamos en casa, aunque entre mis amigos no encontré a nadie nunca que admitiera haberlo hecho. Luego, los domingos se asistía a misa en familia, aunque nos juntaban a los que estudiábamos para “hacer la comunión” (el único grupo de que formé parte del que no recuerdo a nadie) y ahí nos tenían como parte ritual del asunto, cachorritos repitiendo palabras y amén. Pero la espera podía valer la pena, porque luego de la misa, vendría el que prometía ser el mejor momento. Que, sin saberlo entonces, marcaría mi vida. El resto de mi vida. No exagero. Un asunto que dio lugar a toda clase de habladurías, y a que la gente –la gente eran mis compañeros de grupo y sus padres y familiares- me miraran con ojos feos.
La historia (y lo que cuento es absolutamente cierto, supongo que se podría chequear) es que, al finalizar cada misa, sorteaban, entre nosotros golosinas de chocolate. El Gran Momento esperado por todos, las santas Titas y Rhodesias. Que contrastaba con eso del vino y de la hostia como la sangre y el cuerpo, que nos convertía en antropófagos de Dios. En cambio, un buen chocolate podía pensarse como el desayuno de cristo o algo así, y sonaba mucho mejor.
Para ello, cada mañana de domingo, antes de entrar a la iglesia, cada chico (o chica, aunque entonces alcanzaba con decir “chicos” y todos sabían que te referías a “chicos y chicas”) recibía un número, cuya copia se metía en una bolsita, de la que, al terminar la misa, se extraían tres números, tres solamente, de entre unos, quien sabe, cuarenta o cincuenta. Y al llegar a ese punto algo pasó. Sin explicación racional convincente. Es así: siempre salieron mis números. Uno y otro domingo el número que salía era el mío y, es fácil imaginar la sonrisa cómplice de todos la primera vez, que en la segunda fueron menos –“qué suerte tiene!”-, y en la tercera casi desaparecieron –“no puede ser!”, y hubo cuarta y hubo quinta y en fin... que si hubieran sido otros tiempos me habrían quemado junto a la iglesia. Recuerdo que, dos veces, mi número no salió a la primera y todos contentos, ¡pero salió a la segunda! y me miraban como, imagino, mirarían a Judas, sí, ya estaban seguros que Judas era mi nombre, y, que, en las pinturas de la “última cena” cené con Rhodesias!
Los padres de los otros chicos, simplemente, no podían creerlo y fueron a hablar con el cura, quien les dijo que él no tenía nada que hacer, que era la mano de Dios la que sacaba los números de la bolsa. La cosa llegó al punto en que cuando llegaba a la iglesia se formaba un grupo alrededor mío para saber cual era mi número y pedir que lo quitaran del sorteo, pero el cura se negó con argumentos un tanto místicos. En fin, aunque mis padres la pasaban muy bien en la iglesia, se los veía tensos, entre contentos y enojados (un poco con el cura, un poco conmigo, porque, si me lo pienso bien, no creo que estuvieran seguros si era un premio o un castigo), quizás pensando qué significaba que tuviera derecho divino al chocolate. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa otra cosa, y seguramente, el chocolate me hubiera gustado igual sin intervención divina. De cualquier modo, debo entender a mis padres, mirados por los otros, como se mira a esos mafiosos que arreglan por detrás algún acuerdo corrupto, y, supongo, imaginaban que algo de eso debía haber, a cambio de entregarme como monaguillo (bueno, si fue así, esa parte del acuerdo, no funcionó). Lo cierto es que nadie pudo evitar ni la sexta Rhodesia, ni la séptima, y el clima se afeó misa tras misa, en mi grupo no me hablaban y mis padres querían que regalara mis números, que ya era suficiente, pero yo pensaba que no había razón para ello y que una Rhodesia por semana era una cuota razonable y ningún exceso.
Así fue que me las llevé todas y no gané amigos. Quizás por eso no recuerdo sus nombres. Tal vez ellos recuerden el mío, seguramente sin agrado. A veces, sueño que, algún día, querrán cobrármelas. Por las dudas, siempre llevo conmigo.
En fin, algunos rezan y yo como Rhodesias. Cada tanto, me vuelve el misterio. En el servicio militar, por ejemplo, se me aparecían obleas que regalaba y cambiaba por días de franco o salidas nocturnas del cuartel. Pero esa es otra historia, chocolate más o chocolate menos.
Los sábados leíamos en la iglesia, y se suponía que durante la semana lo hacíamos en casa, aunque entre mis amigos no encontré a nadie nunca que admitiera haberlo hecho. Luego, los domingos se asistía a misa en familia, aunque nos juntaban a los que estudiábamos para “hacer la comunión” (el único grupo de que formé parte del que no recuerdo a nadie) y ahí nos tenían como parte ritual del asunto, cachorritos repitiendo palabras y amén. Pero la espera podía valer la pena, porque luego de la misa, vendría el que prometía ser el mejor momento. Que, sin saberlo entonces, marcaría mi vida. El resto de mi vida. No exagero. Un asunto que dio lugar a toda clase de habladurías, y a que la gente –la gente eran mis compañeros de grupo y sus padres y familiares- me miraran con ojos feos.
La historia (y lo que cuento es absolutamente cierto, supongo que se podría chequear) es que, al finalizar cada misa, sorteaban, entre nosotros golosinas de chocolate. El Gran Momento esperado por todos, las santas Titas y Rhodesias. Que contrastaba con eso del vino y de la hostia como la sangre y el cuerpo, que nos convertía en antropófagos de Dios. En cambio, un buen chocolate podía pensarse como el desayuno de cristo o algo así, y sonaba mucho mejor.
Para ello, cada mañana de domingo, antes de entrar a la iglesia, cada chico (o chica, aunque entonces alcanzaba con decir “chicos” y todos sabían que te referías a “chicos y chicas”) recibía un número, cuya copia se metía en una bolsita, de la que, al terminar la misa, se extraían tres números, tres solamente, de entre unos, quien sabe, cuarenta o cincuenta. Y al llegar a ese punto algo pasó. Sin explicación racional convincente. Es así: siempre salieron mis números. Uno y otro domingo el número que salía era el mío y, es fácil imaginar la sonrisa cómplice de todos la primera vez, que en la segunda fueron menos –“qué suerte tiene!”-, y en la tercera casi desaparecieron –“no puede ser!”, y hubo cuarta y hubo quinta y en fin... que si hubieran sido otros tiempos me habrían quemado junto a la iglesia. Recuerdo que, dos veces, mi número no salió a la primera y todos contentos, ¡pero salió a la segunda! y me miraban como, imagino, mirarían a Judas, sí, ya estaban seguros que Judas era mi nombre, y, que, en las pinturas de la “última cena” cené con Rhodesias!
Los padres de los otros chicos, simplemente, no podían creerlo y fueron a hablar con el cura, quien les dijo que él no tenía nada que hacer, que era la mano de Dios la que sacaba los números de la bolsa. La cosa llegó al punto en que cuando llegaba a la iglesia se formaba un grupo alrededor mío para saber cual era mi número y pedir que lo quitaran del sorteo, pero el cura se negó con argumentos un tanto místicos. En fin, aunque mis padres la pasaban muy bien en la iglesia, se los veía tensos, entre contentos y enojados (un poco con el cura, un poco conmigo, porque, si me lo pienso bien, no creo que estuvieran seguros si era un premio o un castigo), quizás pensando qué significaba que tuviera derecho divino al chocolate. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa otra cosa, y seguramente, el chocolate me hubiera gustado igual sin intervención divina. De cualquier modo, debo entender a mis padres, mirados por los otros, como se mira a esos mafiosos que arreglan por detrás algún acuerdo corrupto, y, supongo, imaginaban que algo de eso debía haber, a cambio de entregarme como monaguillo (bueno, si fue así, esa parte del acuerdo, no funcionó). Lo cierto es que nadie pudo evitar ni la sexta Rhodesia, ni la séptima, y el clima se afeó misa tras misa, en mi grupo no me hablaban y mis padres querían que regalara mis números, que ya era suficiente, pero yo pensaba que no había razón para ello y que una Rhodesia por semana era una cuota razonable y ningún exceso.
Así fue que me las llevé todas y no gané amigos. Quizás por eso no recuerdo sus nombres. Tal vez ellos recuerden el mío, seguramente sin agrado. A veces, sueño que, algún día, querrán cobrármelas. Por las dudas, siempre llevo conmigo.
En fin, algunos rezan y yo como Rhodesias. Cada tanto, me vuelve el misterio. En el servicio militar, por ejemplo, se me aparecían obleas que regalaba y cambiaba por días de franco o salidas nocturnas del cuartel. Pero esa es otra historia, chocolate más o chocolate menos.
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