Parte I
Todo empezó una tarde de sol en el departamento de la calle Margaritas.
Yo ya no sé muy bien, cómo. Cual fue la primera señal. Mi memoria al respecto es confusa, efecto de los hechos. Lo que puedo recordar, es lo que sigue.
Escuchaba tranquilamente música en el living cuando en eso me sorprendió el ruido de unos golpes que parecían provenir de la habitación de E. Se oyó como quien golpea una puerta, pidiendo entrar. No presté demasiada atención, y seguí leyendo. Unos minutos después se repitieron los golpes. Y, enseguida, otra vez. Desde el living, pregunté en voz alta –las puertas de las habitaciones estaban cerradas- si necesitaba algo. Por única respuesta pude oír otros golpes, que sonaron como los anteriores. Confundido, me dirigí hacia su habitación. Cuando estuve frente a su puerta, desde el pasillo, pregunté, nuevamente, si necesitaba algo. E, abrió la puerta y con cara de no-sé-de-qué-me-hablás, me dijo, “¿no, por qué?”. Le explico que me pareció oír unos golpes que tuve la impresión venían de su habitación y que, bueno, pensé que necesitaba algo, eso era todo. Pero que, si él no había golpeado nada, no tenía idea de dónde provenían los golpes. E. me miró extrañado y me dijo que también había escuchado unos golpes y que pensó que los había hecho yo, que siempre estaba arreglando algo. Y agregó un comentario que me sorprendió, que los golpes venían de mi habitación. En mi posición, desde el living, yo había creído, en cambio, que venían de la suya, porque, claro, sabía que en mi pieza.... no había nadie. Y fue en ese momento, en ese preciso instante, que sucedió nuevamente. Los golpes, que ahora se oían más fuertes. La sorpresa nos congeló. E. tenía razón, venían de mi habitación. Nos miramos en el pasillo frente a la puerta. Nos paralizamos un momento, hasta que decidimos abrir y descubrir qué o quién los producía. Las posibilidades se reducían a dos, o alguien nos jugaba una broma (nuestras amigas disponían de llave), o, alguien había ingresado por la ventana (estábamos en un primer piso y trepar era posible). Finalmente, tomamos ánimo y agresivamente abrimos. La puerta, que daba frente a una gran ventana que se abría al jardín, giró con violencia. Y allí lo vimos, delante nuestro, tras el vidrio. Primero, nos quedamos mudos, mientras nos miraba fijamente. Luego, cuando empezó a chocar contra el vidrio, empezamos a gritarle: “¡Fuera!”, “¡No!”. Pero el cuervo se volvía a lanzar, estrellaba su cabeza y nos miraba. ¡Nos miraba! ¡El cuervo negro nos miraba! Yendo y viniendo, golpeando su cabeza contra la ventana, una y otra vez. Intentaba entrar. El vidrio, que temblaba con los golpes, parecía a punto de romperse. “¡Fuera!”, le gritamos. “¡Fuera!”.
Continuará...
Parte II
El susto era tan grande como la sorpresa, ¡ojála hubiera entrado un ratero, al menos hubiéramos sabido como reaccionar y sin desatarse nuestra locura!. Luego de unos segundos, no soportamos más la situación, viendo al bicho estrellarse contra el vidrio y abrir sus alas cada vez; salimos de la habitación y cerramos con fuerza la puerta. Ya en el pasillo, continuaban escuchándose los golpes en la ventana... hasta que, de pronto, cesaron. Nos quedamos en silencio y sin palabras. Pensábamos como podíamos, no muy racional, ni claramente, claro que la situación tampoco lo era, si es que eso nos disculpa. Pasado unos momentos, empezamos a hablar e intentamos, como suele hacerse, darle algún sentido tranquilizador a lo sucedido, que un ave enferma, despistada, que estaría perdida y quizá drogada, en fin... que sin darnos cuenta, nos dirigimos para seguir conversando del asunto hacia otra habitación, y, al poco de estar allí, ¡el pajarraco negro otra vez!, chocando como un poseso contra la ventana de la habitación en la que nos hallábamos. Eso fue la locura, la insanía. ¡El pájaro había decidido seguirnos hasta donde estábamos! Y, allí atacaba al vidrio una vez más, nos atacaba, intentando romperlo e ingresar. De pronto, se retiró, y se detuvo en la rama de un árbol cercano desde el cual nos miraba. Y, luego, sin aviso, ¡se lanzaba al ataque contra la ventana! Con la cordura abandonándonos, entre gritos, corrimos la persiana metálica de la ventana, para no verlo más, y para que no nos viera. Y por si lograba romper el vidrio, cosa de la que ya no dudábamos. Ahí estábamos, a los gritos, convencidos que venía por nosotros, cuando, nuevamente se detuvieron los golpes contra la ventana, permitiéndonos un breve descanso... cuando escuchamos unos ruidos en el living, y caímos en la cuenta de que la ventana de la cocina, con que lindaba, había quedado abierta...
Hicimos lo que cualquiera a esa altura hubiera hecho, cerramos la puerta de la habitación y nos encerramos. Momento de protegerse. Estábamos convencidos, había entrado, dispuesto a todo. Los pensamientos nos corrían a una velocidad desconocida. Un momento, gritábamos. Otro, hacíamos silencio aboluto, esperando que algún ruido lo delatara, porque seguro estaba allí, aguardando que saliéramos de la habitación, para, por lo menos, quitarnos los ojos, sí, eso debía ser. Hasta que decidimos que no podíamos continuar encerrados –ya se había hecho de noche-, y concluimos que debíamos contratacar.
No era fácil, nada era fácil, lo imaginábamos destinado a una misión de la que no cejaría. Qué otra interpretación, sino. Menos queríamos imaginar de quien era enviado. Entonces, luego de discutir el mejor modo, ya jugados, decidimos que deberíamos capturarlo, vivo o muerto, sin pensar en las consecuencias que estos actos nos pudieran acarrear. Eran nuestras vidas, de todos modos, las que estaban en juego. Así pues, tomamos la manta más grande que encontramos, la abrimos de modo de cubrir una gran superficie, y, sumando valor, nos preparamos para abrir la puerta y salir a atraparlo. Era él o éramos nosotros. Las cartas, estaban echadas. A la cuenta de tres, saldríamos a su encuentro. Contamos: “uno, dos, tres...”. ¡Y salimos! ¡Yeaaaah!... los ojos desorbitados...
Continuará...
Parte III
Salimos al pasillo a los gritos –con ánimo de espantar a la bestia con alas- agitando las manos y con una manta que “barría” el pasillo. Gritamos como salvajes de una tribu en pleno rito. AAAAHHH... EEEEHHH... Limpiando el terreno, ganando zonas liberadas en el departamento. Y cuando estábamos a los gritos en el living, con la manta como escudo y red de caza, oímos una llave girando en la cerradura de la puerta.
Eso nos sorprendió un momento, todavía no habíamos “ingresado” a esa zona del departamento y el cuervo podría escaparse por la puerta, o atacar a quien quisiera ingresar..., quizás estaba agazapado en la cocina, esperando su ocasión, para lanzarse con su aterrador “cruick”, embistiendo como ya lo había hecho contra las ventanas...
Fueron unos segundos de agitación intensa, hasta que la puerta se abrió y se escuchó: “¿Qué estan haciendo?, ¿uds. estan gritando?”... Era A., la novia de E., que asistía sin proponérselo a una escena descabellada. En ese momento, E. le pidió que cerrara pronto la puerta y saliera de allí, que se “escondiera” atrás nuestro. A. Le hizo caso, un poco entre divertida y sorprendida, pero el tono de E. resultaba conminatorio.
Inmediatamente, retomamos la tarea de “limpieza”, mientras comenzamos un intento de “explicación” a A. Cuando terminamos de revisar todos los rincones del living, con sumo cuidado, para no vernos sorprendidos, nos dirigimos hacia la cocina (A., inmóvil en el pasillo, ya no se reía, tal vez, pensando que de verdad había algo malo en el departamento, o, tal vez, que estábamos fatalmente drogados). La cocina podía ser un sitio peligroso, por su diseño, era fácil ocultarse en algún rincón, por lo que no podíamos ver todos los ángulos, ni debajo de la mesa, ni detrás de la heladera, o sea, un campo minado. Tampoco podíamos entrar de a dos con la manta alzada por la puerta. Era necesario tener valor.
No recuerdo quien entró, si E., o yo. Pongamos que el mérito al valor, en este caso, fuera mío y que fui quien entró. A E., todavía le tocaría una parte más temible, poco después. Así fue que entré, con alguna clase de grito samurai, parcialmente protegido por una manta que no permitía ver con claridad si lo que había delante era un pajarraco o una licuadora. En fin, que fueron momentos tensos, con la adrenalina a pleno, gritando por los rincones de la cocina hasta que la zona quedó asegurada y me apresuré a cerrar la ventana. Salí de la cocina con la tranquilidad del deber cumplido,como suele decirse.
Lo que siguió fue sentarnos en el living, a tratar de explicarnos que había sucedido, con A. preguntando y nosotros balbuceando respuestas. La tensión siguió por largo rato. Supongo que estábamos atentos a cualquier ruido extraño que pudiera provenir de donde fuera. Y creíamos poder escuchar a varias cuadras a la redonda. Fin de la toma I. Charlamos (mucho), comimos (poco), y tratamos de dormir (nada). A la mañana, un nuevo día. Hicimos bromas sobre lo sucedido y a dejarla pasar, mejor.
Dos días después, estando E. ordenando objetos que había traído recientemente de la casa de su madre, llegó la sorpresa, cuando descubrió, en un viejo cofre, un crucifijo negro, que, cómo salido del “necronomicón”, tenía grabada una calavera y unos extraños símbolos. Una pieza cuyos detalles sorprendían y generaban la sensación de que algo allí estaba mal. E. empezó entonces a recordar la historia de esa cruz, lo poco que de ella sabía, que una vecina (de quien el barrio hizo correr numerosas habladurías) se lo había entregado, antes de morir, a su madre quien, a su vez, no se había detenido en ella y la había guardado en un arcón. Ese arcón, precisamente, lo tomó E., junto a otros objetos, y, por esas cosas del destino, llegó al departamento... junto con la visita del pájaro negro. Recuerdo el momento de ese descubrimiento como si fuera, hoy... Cuando advertimos la secuencia de sucesos, y observamos con detenimiento la cruz, su diseño y su aspecto, y ya no tuvimos lugar para la duda, se trataba de un objeto de magia negra.
E. no recordaba mucho de aquella vecina, pero la interpretación cuajaba y algunos comentarios sobre ella, resultaban, para nosotros, confirmatorios. Con una salida inexorable: había que deshacerse de la cruz. Llegamos a la conclusión de que lo que debíamos hacer era llevarla y dejarla en la puerta de la iglesia. Una tarea urgente. Allí sabrían qué hacer con ella.
Las horas habían pasado, se había hecho de noche, y eso era desalentador. Había que llevarla ya, y coincidimos en que era E. quien debía hacerlo. Entonces, E. me confío algo, que, hasta ese momento, no me había dicho: desde que sucedió lo que sucedió, cada vez que salía del departamento, tenía la sensación de que algo lo seguía... desde el aire. Un par de veces, giró abruptamente y pudo ver que algo se movía en las ramas últimas del árbol más próximo. Lo decía y daba impresión. La sensación no lo abandonaba. Lo tengo bien presente, cuando nos despedimos como si no fuera a regresar. Yo estaba convencido que eso podía suceder. E. se abrigó, tomo la cruz, la envolvió en papeles, y salió. Las seis cuadras hasta la iglesia podían ser muchas.
Continuará...
Parte IV y final
Sería fácil decir que el asunto concluyó allí y que todo volvió a la normalidad. Porque no fue así. Los hechos. E. tardó en regresar, bastante más de lo que podía tomarle ir hasta la iglesia y regresar. Cuando ya comenzaba a preocuparme, abrió la puerta, y entró. “¿La dejaste? ¿todo bien?”, pregunté.” Y contó, lo que sigue a continuación:
“Sí pero, hubieron cosas muy raras..., a medida que caminaba las luces de la calle se apagaban, primero, por donde yo andaba, después, en toda la cuadra, luego cruzo, y en la siguiente, así hasta que, cuando estoy por llegar a la iglesia... ¡todo se apagó!, y, quedó totalmente a oscuras... negro absoluto. Además, en el camino, había un revuelo extraño en los árboles, un pájaro casi me choca y tuve que agacharme. Sentí nuevamente una presencia en lo alto, que me acompañaba o me seguía...”. “Pero ya estaba jugado, así que apuré el paso y cuando se apagó la luz completamente, no pude acercarme hasta la puerta de la iglesia, era una boca de lobo y decidí no ir hasta allí, así que saqué la cruz entre papeles y la deposité arriba de uno de los pilares de la entrada”. “La dejé, y me vine lo más rápido que pude, supongo que ya esta hecho. La vuelta fue más tranquila, volvió la luz.”
Los días siguientes, transcurrieron sin aves psicóticas estrellándose contra nuestras ventanas, ni crucifijos con calaveras en nuestros cajones, ni cortes de luz mientras uno camina, ni pájaros que vuelan a la altura de nuestras cabezas como apuntándoles. La vida había vuelto a su tonta normalidad. Hablábamos de ello, bromeábamos, y nos olvidábamos (o lo intentábamos). Otra vez, fútbol y mujeres. Mujeres y fúbol.
Pasó la semana. Pasó el sábado. El domingo, fui a almorzar a la casa de mis padres. Pastas, chismes familiares, la facultad, y los hechos de la semana, esas conversaciones. Obviamente, la historia del pájaro, no entraba en mis planes. Hasta que mi madre me dice en el postre: “¿viste lo que le sucedió al Padre Reinolds? Esta muy enfermo. Nadie lo esperaba. Lo internaron el martes. No saben qué tiene, pero parece que esta muy mal...” Y no pude seguir comiendo. “¿No saben qué tiene?, ¿le pasó alguna cosa, un accidente, algo?”, pregunté. “No”, me dijo mi madre. “Parece que fue de golpe. Y no logran diagnosticarlo”.
No, el Padre Reinolds no murió entonces, pero tardó mucho tiempo en salir de la internación, y nunca se recuperó del todo. Moriría un tiempo después.
Estos, son los hechos. Si el daño existe, encontró como descargarse.
Tiempo después, nos cruzamos con Antonio Las Heras (el famoso investigador de fenómenos insólitos y paranormales) y lo confrontamos con la historia del ave, “el ataque del AVE”, le propusimos, pero él nos devolvió: “¿el ataque de la nave?, ¿qué nave?, ¿dónde esta la nave?”...
Después de ese intento, nunca volví a contar, públicamente, “la historia del cuervo”. Por eso, la cuento acá. Y cierren esa ventana.
martes, 24 de julio de 2007
lunes, 23 de julio de 2007
Dios y las hostias de chocolate
Todo empezó con la decisión de mis padres de que “hiciera” la comunión (también decían “tomar la comunión”, como si fuera una cindor). Por entonces, yo no sabía nada sobre comuniones u otras uniones, pero sí sabía que “hacer la comunión” significaba ir varias veces por semana a la iglesia. Poco después, supe que iba a tener que leer un pequeño libro que hablaba de historias que entendía poco y mal, que, en su momento, debería explicar. A mí, los libros siempre me gustaron, pero este era diferente: con oraciones solemnes y un tono severo que buscaba asustar, aunque me causaba gracia (pronto supe que eso estaba mal porque los adultos no se lo tomaban muy bien). La cosa era que debía ir a la iglesia varias veces a la semana durante ¡seis meses!, y si no aprobába, seis meses más, lo que era el mismo infierno.
Los sábados leíamos en la iglesia, y se suponía que durante la semana lo hacíamos en casa, aunque entre mis amigos no encontré a nadie nunca que admitiera haberlo hecho. Luego, los domingos se asistía a misa en familia, aunque nos juntaban a los que estudiábamos para “hacer la comunión” (el único grupo de que formé parte del que no recuerdo a nadie) y ahí nos tenían como parte ritual del asunto, cachorritos repitiendo palabras y amén. Pero la espera podía valer la pena, porque luego de la misa, vendría el que prometía ser el mejor momento. Que, sin saberlo entonces, marcaría mi vida. El resto de mi vida. No exagero. Un asunto que dio lugar a toda clase de habladurías, y a que la gente –la gente eran mis compañeros de grupo y sus padres y familiares- me miraran con ojos feos.
La historia (y lo que cuento es absolutamente cierto, supongo que se podría chequear) es que, al finalizar cada misa, sorteaban, entre nosotros golosinas de chocolate. El Gran Momento esperado por todos, las santas Titas y Rhodesias. Que contrastaba con eso del vino y de la hostia como la sangre y el cuerpo, que nos convertía en antropófagos de Dios. En cambio, un buen chocolate podía pensarse como el desayuno de cristo o algo así, y sonaba mucho mejor.
Para ello, cada mañana de domingo, antes de entrar a la iglesia, cada chico (o chica, aunque entonces alcanzaba con decir “chicos” y todos sabían que te referías a “chicos y chicas”) recibía un número, cuya copia se metía en una bolsita, de la que, al terminar la misa, se extraían tres números, tres solamente, de entre unos, quien sabe, cuarenta o cincuenta. Y al llegar a ese punto algo pasó. Sin explicación racional convincente. Es así: siempre salieron mis números. Uno y otro domingo el número que salía era el mío y, es fácil imaginar la sonrisa cómplice de todos la primera vez, que en la segunda fueron menos –“qué suerte tiene!”-, y en la tercera casi desaparecieron –“no puede ser!”, y hubo cuarta y hubo quinta y en fin... que si hubieran sido otros tiempos me habrían quemado junto a la iglesia. Recuerdo que, dos veces, mi número no salió a la primera y todos contentos, ¡pero salió a la segunda! y me miraban como, imagino, mirarían a Judas, sí, ya estaban seguros que Judas era mi nombre, y, que, en las pinturas de la “última cena” cené con Rhodesias!
Los padres de los otros chicos, simplemente, no podían creerlo y fueron a hablar con el cura, quien les dijo que él no tenía nada que hacer, que era la mano de Dios la que sacaba los números de la bolsa. La cosa llegó al punto en que cuando llegaba a la iglesia se formaba un grupo alrededor mío para saber cual era mi número y pedir que lo quitaran del sorteo, pero el cura se negó con argumentos un tanto místicos. En fin, aunque mis padres la pasaban muy bien en la iglesia, se los veía tensos, entre contentos y enojados (un poco con el cura, un poco conmigo, porque, si me lo pienso bien, no creo que estuvieran seguros si era un premio o un castigo), quizás pensando qué significaba que tuviera derecho divino al chocolate. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa otra cosa, y seguramente, el chocolate me hubiera gustado igual sin intervención divina. De cualquier modo, debo entender a mis padres, mirados por los otros, como se mira a esos mafiosos que arreglan por detrás algún acuerdo corrupto, y, supongo, imaginaban que algo de eso debía haber, a cambio de entregarme como monaguillo (bueno, si fue así, esa parte del acuerdo, no funcionó). Lo cierto es que nadie pudo evitar ni la sexta Rhodesia, ni la séptima, y el clima se afeó misa tras misa, en mi grupo no me hablaban y mis padres querían que regalara mis números, que ya era suficiente, pero yo pensaba que no había razón para ello y que una Rhodesia por semana era una cuota razonable y ningún exceso.
Así fue que me las llevé todas y no gané amigos. Quizás por eso no recuerdo sus nombres. Tal vez ellos recuerden el mío, seguramente sin agrado. A veces, sueño que, algún día, querrán cobrármelas. Por las dudas, siempre llevo conmigo.
En fin, algunos rezan y yo como Rhodesias. Cada tanto, me vuelve el misterio. En el servicio militar, por ejemplo, se me aparecían obleas que regalaba y cambiaba por días de franco o salidas nocturnas del cuartel. Pero esa es otra historia, chocolate más o chocolate menos.
Los sábados leíamos en la iglesia, y se suponía que durante la semana lo hacíamos en casa, aunque entre mis amigos no encontré a nadie nunca que admitiera haberlo hecho. Luego, los domingos se asistía a misa en familia, aunque nos juntaban a los que estudiábamos para “hacer la comunión” (el único grupo de que formé parte del que no recuerdo a nadie) y ahí nos tenían como parte ritual del asunto, cachorritos repitiendo palabras y amén. Pero la espera podía valer la pena, porque luego de la misa, vendría el que prometía ser el mejor momento. Que, sin saberlo entonces, marcaría mi vida. El resto de mi vida. No exagero. Un asunto que dio lugar a toda clase de habladurías, y a que la gente –la gente eran mis compañeros de grupo y sus padres y familiares- me miraran con ojos feos.
La historia (y lo que cuento es absolutamente cierto, supongo que se podría chequear) es que, al finalizar cada misa, sorteaban, entre nosotros golosinas de chocolate. El Gran Momento esperado por todos, las santas Titas y Rhodesias. Que contrastaba con eso del vino y de la hostia como la sangre y el cuerpo, que nos convertía en antropófagos de Dios. En cambio, un buen chocolate podía pensarse como el desayuno de cristo o algo así, y sonaba mucho mejor.
Para ello, cada mañana de domingo, antes de entrar a la iglesia, cada chico (o chica, aunque entonces alcanzaba con decir “chicos” y todos sabían que te referías a “chicos y chicas”) recibía un número, cuya copia se metía en una bolsita, de la que, al terminar la misa, se extraían tres números, tres solamente, de entre unos, quien sabe, cuarenta o cincuenta. Y al llegar a ese punto algo pasó. Sin explicación racional convincente. Es así: siempre salieron mis números. Uno y otro domingo el número que salía era el mío y, es fácil imaginar la sonrisa cómplice de todos la primera vez, que en la segunda fueron menos –“qué suerte tiene!”-, y en la tercera casi desaparecieron –“no puede ser!”, y hubo cuarta y hubo quinta y en fin... que si hubieran sido otros tiempos me habrían quemado junto a la iglesia. Recuerdo que, dos veces, mi número no salió a la primera y todos contentos, ¡pero salió a la segunda! y me miraban como, imagino, mirarían a Judas, sí, ya estaban seguros que Judas era mi nombre, y, que, en las pinturas de la “última cena” cené con Rhodesias!
Los padres de los otros chicos, simplemente, no podían creerlo y fueron a hablar con el cura, quien les dijo que él no tenía nada que hacer, que era la mano de Dios la que sacaba los números de la bolsa. La cosa llegó al punto en que cuando llegaba a la iglesia se formaba un grupo alrededor mío para saber cual era mi número y pedir que lo quitaran del sorteo, pero el cura se negó con argumentos un tanto místicos. En fin, aunque mis padres la pasaban muy bien en la iglesia, se los veía tensos, entre contentos y enojados (un poco con el cura, un poco conmigo, porque, si me lo pienso bien, no creo que estuvieran seguros si era un premio o un castigo), quizás pensando qué significaba que tuviera derecho divino al chocolate. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa otra cosa, y seguramente, el chocolate me hubiera gustado igual sin intervención divina. De cualquier modo, debo entender a mis padres, mirados por los otros, como se mira a esos mafiosos que arreglan por detrás algún acuerdo corrupto, y, supongo, imaginaban que algo de eso debía haber, a cambio de entregarme como monaguillo (bueno, si fue así, esa parte del acuerdo, no funcionó). Lo cierto es que nadie pudo evitar ni la sexta Rhodesia, ni la séptima, y el clima se afeó misa tras misa, en mi grupo no me hablaban y mis padres querían que regalara mis números, que ya era suficiente, pero yo pensaba que no había razón para ello y que una Rhodesia por semana era una cuota razonable y ningún exceso.
Así fue que me las llevé todas y no gané amigos. Quizás por eso no recuerdo sus nombres. Tal vez ellos recuerden el mío, seguramente sin agrado. A veces, sueño que, algún día, querrán cobrármelas. Por las dudas, siempre llevo conmigo.
En fin, algunos rezan y yo como Rhodesias. Cada tanto, me vuelve el misterio. En el servicio militar, por ejemplo, se me aparecían obleas que regalaba y cambiaba por días de franco o salidas nocturnas del cuartel. Pero esa es otra historia, chocolate más o chocolate menos.
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