Todo empezó con la decisión de mis padres de que “hiciera” la comunión (también decían “tomar la comunión”, como si fuera una cindor). Por entonces, yo no sabía nada sobre comuniones u otras uniones, pero sí sabía que “hacer la comunión” significaba ir varias veces por semana a la iglesia. Poco después, supe que iba a tener que leer un pequeño libro que hablaba de historias que entendía poco y mal, que, en su momento, debería explicar. A mí, los libros siempre me gustaron, pero este era diferente: con oraciones solemnes y un tono severo que buscaba asustar, aunque me causaba gracia (pronto supe que eso estaba mal porque los adultos no se lo tomaban muy bien). La cosa era que debía ir a la iglesia varias veces a la semana durante ¡seis meses!, y si no aprobába, seis meses más, lo que era el mismo infierno.
Los sábados leíamos en la iglesia, y se suponía que durante la semana lo hacíamos en casa, aunque entre mis amigos no encontré a nadie nunca que admitiera haberlo hecho. Luego, los domingos se asistía a misa en familia, aunque nos juntaban a los que estudiábamos para “hacer la comunión” (el único grupo de que formé parte del que no recuerdo a nadie) y ahí nos tenían como parte ritual del asunto, cachorritos repitiendo palabras y amén. Pero la espera podía valer la pena, porque luego de la misa, vendría el que prometía ser el mejor momento. Que, sin saberlo entonces, marcaría mi vida. El resto de mi vida. No exagero. Un asunto que dio lugar a toda clase de habladurías, y a que la gente –la gente eran mis compañeros de grupo y sus padres y familiares- me miraran con ojos feos.
La historia (y lo que cuento es absolutamente cierto, supongo que se podría chequear) es que, al finalizar cada misa, sorteaban, entre nosotros golosinas de chocolate. El Gran Momento esperado por todos, las santas Titas y Rhodesias. Que contrastaba con eso del vino y de la hostia como la sangre y el cuerpo, que nos convertía en antropófagos de Dios. En cambio, un buen chocolate podía pensarse como el desayuno de cristo o algo así, y sonaba mucho mejor.
Para ello, cada mañana de domingo, antes de entrar a la iglesia, cada chico (o chica, aunque entonces alcanzaba con decir “chicos” y todos sabían que te referías a “chicos y chicas”) recibía un número, cuya copia se metía en una bolsita, de la que, al terminar la misa, se extraían tres números, tres solamente, de entre unos, quien sabe, cuarenta o cincuenta. Y al llegar a ese punto algo pasó. Sin explicación racional convincente. Es así: siempre salieron mis números. Uno y otro domingo el número que salía era el mío y, es fácil imaginar la sonrisa cómplice de todos la primera vez, que en la segunda fueron menos –“qué suerte tiene!”-, y en la tercera casi desaparecieron –“no puede ser!”, y hubo cuarta y hubo quinta y en fin... que si hubieran sido otros tiempos me habrían quemado junto a la iglesia. Recuerdo que, dos veces, mi número no salió a la primera y todos contentos, ¡pero salió a la segunda! y me miraban como, imagino, mirarían a Judas, sí, ya estaban seguros que Judas era mi nombre, y, que, en las pinturas de la “última cena” cené con Rhodesias!
Los padres de los otros chicos, simplemente, no podían creerlo y fueron a hablar con el cura, quien les dijo que él no tenía nada que hacer, que era la mano de Dios la que sacaba los números de la bolsa. La cosa llegó al punto en que cuando llegaba a la iglesia se formaba un grupo alrededor mío para saber cual era mi número y pedir que lo quitaran del sorteo, pero el cura se negó con argumentos un tanto místicos. En fin, aunque mis padres la pasaban muy bien en la iglesia, se los veía tensos, entre contentos y enojados (un poco con el cura, un poco conmigo, porque, si me lo pienso bien, no creo que estuvieran seguros si era un premio o un castigo), quizás pensando qué significaba que tuviera derecho divino al chocolate. Pero una cosa es una cosa, y otra cosa otra cosa, y seguramente, el chocolate me hubiera gustado igual sin intervención divina. De cualquier modo, debo entender a mis padres, mirados por los otros, como se mira a esos mafiosos que arreglan por detrás algún acuerdo corrupto, y, supongo, imaginaban que algo de eso debía haber, a cambio de entregarme como monaguillo (bueno, si fue así, esa parte del acuerdo, no funcionó). Lo cierto es que nadie pudo evitar ni la sexta Rhodesia, ni la séptima, y el clima se afeó misa tras misa, en mi grupo no me hablaban y mis padres querían que regalara mis números, que ya era suficiente, pero yo pensaba que no había razón para ello y que una Rhodesia por semana era una cuota razonable y ningún exceso.
Así fue que me las llevé todas y no gané amigos. Quizás por eso no recuerdo sus nombres. Tal vez ellos recuerden el mío, seguramente sin agrado. A veces, sueño que, algún día, querrán cobrármelas. Por las dudas, siempre llevo conmigo.
En fin, algunos rezan y yo como Rhodesias. Cada tanto, me vuelve el misterio. En el servicio militar, por ejemplo, se me aparecían obleas que regalaba y cambiaba por días de franco o salidas nocturnas del cuartel. Pero esa es otra historia, chocolate más o chocolate menos.
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