martes, 12 de mayo de 2009

Una de biología

Pensé que se trataba de un reencuentro.
De alguna manera lo fue. Nos conocimos un tiempo atrás, no tanto si se quiere, aunque como todos dicen y pocos aceptan, el tiempo corre. Empezamos discutiendo sobre tecnología, seguimos compartiendo almuerzos, y luego bares, y paseos.
Era una relación simple y complicada a la vez, nos gustábamos mucho y teníamos nuestras parejas. Así que entre la culpa y lo prohibido, ganó lo prohibido y los goles fueron olímpicos.
Cuando decidimos dejar de vernos –ella decidió; a los varones esa decisión nos resulta imposible- era como caminar temblando hasta que el suelo dejó de moverse.
Habían sido meses agitados, arrriesgándonos, con encuentros diseñados para explotar la adrenalina. Hasta que comenzamos a hacer tonterías, a exponernos, y, al parecer, a no importarnos, aunque sí. Empezamos a no poder manejar la relación. Nos escapábamos del trabajo para decirnos que no, pero nos decíamos que sí, y no regresábamos... De un momento a otro la vida organizada, se empezó a desorganizar. Previsiblemente, comenzamos a discutir, un buen modo de enlazarse aún más, subir la puesta hasta la cima, y, desde allí, dejarla caer.
No la vi más. Por dos años. A veces la leía. Me imagino que ella a mí.
La vida volvió a organizarse, nada se perdió, pero se transformó. Y, en la calma, todo volvió a encontrar su cauce. La tranquilidad. La monotonía.

Entonces sucedió lo imprevisto, sonó el teléfono y era su voz. Es increíble como esas cosas pueden removerte otras. En fin, que supongo me costó acomodar la voz y no representar un papel de novela colombiana. Hablamos del tiempo que pasó, de las cosas que hicimos entre tanto. De las cosas en las que andábamos. Y de repente, me dijo que le gustaría verme de nuevo. No me negué. Acordamos dónde y cuando.

Cuando llegué, ella ya estaba acomodada en la mesa. Su sonrisa me hirió un poco, no sé bien porqué, si ella estaba allí y yo también. Tras el beso prolijo y administrativo, nos pusimos a hablar del clima, del lugar y de nuestros trabajos. La comida, allí siempre es muy buena, pero como nunca fui de buen comer, me alcanzaba con la línea estética, de buen gusto. O acorde al mío. De a poco fuimos entrando en calor, en ritmo. Al rato, parecía que nos hubiésemos dejado de ver la semana anterior. Y ganamos en confianza. Cuando ya estábamos cómodos, hubo que dejar el lugar y volver a los trabajos. Chau, beso, chau. Te llamo.

La cabeza otra vez convertida en un termo agitado, un poco nervioso sin razón alguna. O con mucha razón. Ese era yo, tras el encuentro. No quise llamarla, para no parecer flojo, y no fue necesario. Al tercer día, nuevamente me llamó. Hola, hola, quiero verte. La adrenalina me subió.

Esta vez, fue por la tarde y en un bar. Si observo hacia atrás, creo que el deseo me invadió, esa necesidad de “una vez más”, como en “Blade Runner”. Y allá fui, con un caos de fantasías sucediéndose en mi mente.

Esta vez, eligió un sitio más apartado, lo que me pareció una buena decisión y me suscitó una leve sonrisa. Me saludó con un beso disciplinado y esperó que me sentara. “¿Tenés tiempo o estas apurado?” Claro que tengo tiempo. Claro. Otra vez nos contamos de nuestros trabajos y evaluamos el clima de los próximos días. Tomamos algo y seguimos conversando de proyectos, un buen rato. Y, de golpe, me dijo que había estado pensando en mí. Y me habló de mí. De aquellas cosas que le gustaban, y de las que no. Y me dijo que me elegía. Que me había elegido. Y que esperaba que yo quisiera hacerlo con ella. Así. Directo a la sien. Sin anestesia. Mi adrenalina subida al obelisco. Y ella hablándome con esa voz que no debe, diciéndome que me había elegido. En ese momento, pensé que me iría del lugar con ella y que después me preocuparía por como no renovar el caos en mi vida. ¡Cómo evitarla! Mis gestos le decían que sí, que yo también la elegía, aunque no supiera bien para qué. O sí. Entonces, hace un silencio... y me lo dice... “quiero que me insemines”.
¿Qué?? ¿Qué cosa?? “Quiero que me insemines. Que me des tu esperma para tener un hijo. No te pido más. No quiero más. No estoy pensando en parejas, ni compromisos. Además, estas casado. No podés. Pero quiero tener un hijo y me gustaría que fuera con vos. No te pido que seas su padre. Estoy pensando en ser madre y padre, porque difícilmente podría convivir con alguien. Y la mayoría de los varones son un desastre. Mejor así, sin compartir responsabilidades. Hacemos un contrato, vos me inseminás y no pienso reclamarte. Tampoco vos podrías reclamarme, ni paternidad, ni nada. No sería tu hijo, aunque tuviera tu adn. Esto debe ser muy claro. Sin reclamos por parte de ninguno de los dos. Un acuerdo de partes. ¿Qué te parece?”

“¿Que qué me parece?..., me parece... me parece raro”. “No me esperaba esta... propuesta, tengo que pensarlo.” Y vaya si pensé. Pensé en su cama, en mi esperma-objeto. En mi persona-objeto ¿O no era objeto? Lo era y no lo era. ¿Qué significaba esa palabra: “inseminarla”?. Eso me dijo. Que quería que la “inseminara”, yo en cambio, lo único que quería era... era tener sexo con ella. Y, paradojas de la vida, ella quería tener sexo con mi esperma. O conmigo en abstracto. O eso me pareció. ¿Debía sentirme halagado? ¿O debía sentirme un alien? ¿Quería un cruce de razas con adn extraterrestre? ¿Había visto demasiado los expedientes X? ¿Qué carajo pensaba de mí? Y, en todo caso, no sería posible antes, tener sexo con ella y después dudar y decirle que tengo que seguir pensando... Podría intentarlo. Tal vez... Lo peor es que me gustaba de verdad. Lo increíble es que empezaba a sufrir, no por no acostarme con ella, sino por la posibilidad de hacerlo. Esa chica sabía como enloquecerme...

A los tres días llamó, como me había adelantado, “Te llamo dentro de tres días para ver cómo andás y si pudiste pensarlo”. Me imagino que, en este caso, dan lo mismo tres días, treinta, o trescientos. Acordamos vernos en el mismo bar. Misma hora. Batireunión casi. Estaba tan linda. En cualquier otra situación, imposible decirle un “no”. Lo imaginado, me sedujo desde que me fijó la mirada. Una atracción fatal. Tendría que aprender de Michael Douglas. De las consecuencias, quiero decir. Me hablaba y me hablaba y yo casi no la escuchaba. Bueno, sí la escuchaba pero en otro plano, no el de la palabra. La escuchaba como quien escucha el sonido ambiente, el mar, una cascada, el viento. Cada tanto, alguna de sus palabras, sin embargo, me volvía al plano original. “Inseminarme”, por ejemplo. Entonces, me tomó de la mano, la puso sobre su pecho (creí que me desmayaba) y me preguntó si lo haría por ella. Entonces, la miré, caldeado de los pies a la cabeza, la miré a los ojos, mientras apretaba mi mano, y le dije: “no”. Todavía recuerdo el esfuerzo que mis palabras me impusieron, saliendo de mi boca como ladrillos de concreto, empujándome hacia el piso, hundiéndome bajo quien sabe qué destino, y ella, que, sorprendida suelta mi mano (un alivio), se queda sin palabras y me mira con unos ojos vacíos, sin dar crédito a lo que había escuchado. “Pero, ¿por qué?”, “me estas mintiendo”, “no te creo”, “yo te elegí a vos”, “decíme que sí”. Y luego, se pone de pie, seca sus lágrimas con un pañuelo de papel, y sin decir más, se va.

Pasaron ya tres años de su propuesta. No sé quien la “inseminó”. Quién seguía en su lista tras mi rechazo. Luego llegué a pensar que, quizás, yo no había sido el primer elegido, tal vez alguien se había negado antes. Cómo saberlo. En fin, menos autoestima, pero más tranquilidad. Igualmente, las pocas veces que supe de ella, no pude evitar imaginármela de la mano de un hijo “mío”. O, no sé si mío, pero de mi esperma. Cada vez que me viene esa imagen, recuerdo que unos días después de recibir su “propuesta”, se la comenté a mi amigo Fabio, diciéndole que le había sucedido a otro amigo y pidiéndole su opinión. Fabio me miró cómplice: “Decíle a tu amigo que el esperma no se negocia, se conquista”. Sabias palabras. La genealogía es política.

lunes, 20 de abril de 2009

Destino Ecuador

Alejo tenía una vida agitada. Personal y políticamente agitada. En Ecuador, se había ligado a grupos de izquierda nacionalista del que formaban parte oficiales de alto rango de la fuerza aérea, una mezcla de personajes sin ideología ni valores claros, más allá de las necesidades del grupo o de usos instrumentales a este o aquel interés.

Desde la última vez que nos habíamos visto había pasado tiempo y si bien alguna de las cartas que me envió traslucían cierta perspectiva de “acción revolucionaria”, no podía imaginarme hasta qué punto estaba involucrado. Así fue que cuando nos vimos, no demoró demasiado en contarme la misión urgente que tenía en sus manos, y, que, por razones de confianza, había pensado yo podría ayudarlo a cumplirla.
Hasta allí, creo que me sentí halagado, sin imaginar lo que seguía y cual sería mi rol.

En los planes de su grupo, y acorde al clima de época en retirada, tenían previsto infiltrar el grupo áulico de una familia típica de la alta burguesía, donde se tomaban decisiones cuya incidencia política era de primer orden.
De hecho, Alejo ya había ingresado al grupo y se había ganado la confianza de sus miembros, lo cual le permitía volver a Ecuador con una joven amiga para integrarla al grupo.

Ahí comenzaba mi papel, encontrar a una chica que diera con el perfil, tan bonita que gustara a todos, y que abrazara la causa. Enamorar a cierto personaje del grupo.

Luego de hablar con Alejo, supe rápidamente quien podría ser esa persona, es decir, quien podría resultar irrestible. De lo demás, no estaba seguro.

Paula, era una compañera de la facultad, con quien teníamos una relación tan intensa como extraña. A la distancia, todavía me cuesta describirla y hay cosas que jamás pude contar. Esas que los varones nos contámos entre amigos, esas mismas, yo no las pude contar.
Recuerdo que un día fui conciente de que podía enamorarme y decidí que debía alejarme. Me puse a imaginar modos de hacerlo, de convencerla de lo inconveniente de mi persona, hacerle algún desplante que le hiciera ver que efectivamente era mejor olvidarme; estaba en ese absurdo plan, cuando Alejo llegó hasta mí con su propuesta. Necesitaba una chica para enamorar a un poderoso empresario de alta burguesía ecuatoriana.

Le dije a Alejo que me diera unos días para hablar con Paula y, de algún modo, comunicarle la idea. Por aquel entonces, debo admitir, la cabeza de Alejo estaba irremediablemente extraviada, la mía bastante perdida, y la de Paula, confundida. Excelente cóctel para una aventura colectiva.

Aproveché uno de esos cortes entre la primera y segunda mitad de las clases, e invité a Paula a salir a conversar. Con Paula, siempre fuimos aristotélicos, elaborábamos nuestras ideas caminando por los alrededores de la facultad. En los últimos asientos del aula, en cambio, podría decirse, lacanianamente, que actuábamos el “pasaje al acto”.

Así fue que le conté de un amigo que tenía una propuesta para una chica que bien podría ser ella, para viajar al Ecuador a una misión que duraría unos meses largos pero que prometía tener interesantes resultados. Supongo que no abundé en detalles. Ella prometió pensar el asunto y responderme pronto. Volvimos a la clase. A los últimos asientos.

A la semana siguiente, Paula me dijo que estaba dispuesta a tener una reunión con mi amigo y escuchar su propuesta de primera mano. Me comuniqué con Alejo y sellamos una cita, como le gustaba pensar a él, en un bar clandestino (que no era otra cosa que un bar sin concurrentes, en la calle Sarmiento a la altura de Montevideo).

El día acordado me encontré con Paula a la salida de la estación del subte B. Nos dirigimos a la cita, un jueves a mediatarde y pude comprobar a la luz del día lo que ya sabía, todos los tipos se daban vuelta para mirarla. Paula, cuando caminaba, rajaba la tierra. También pensé, que nunca me bancaría estar con una chica así y tener que pelearme con 100 tipos por cada cuadra. Era claro, si partía a Ecuador, eso no me ocurriría.

Entramos al bar y Alejo estaba en una mesa lateral esperándonos. Cuando la vio, la ojeó de arriba abajo y me sonrió. Contrariamente a lo esperado me generó una clara incomodidad.

Del contenido de la charla, no puedo hablar, como Wittgenstein, sé que hay que callar.
Paula escuchó atenta y pareció considerar seriamente la idea, sus preocupaciones parecían rondar cuánto tiempo estaría afuera y cómo resolver la situación familiar. Quedaron en que la respuesta debía estar en una semana, a más tardar.

Salimos del bar con Paula. Alejo se quedó, con intención de valorar la situación y bosquejar algún informe a su grupo. Caminamos un rato en silencio. Paula parecía rumiar la situación, y yo me dí cuenta que me sentía molesto conmigo. Luego, Paula rumbeó hacia alguna cita que no recuerdo y yo me fui a caminar, a hacer tiempo, e intentar quitarme el malestar de encima.

Ese día no nos vimos en la facultad. Ni el siguiente. Mucho para pensar, decidir, imaginar.

El fin de semana, hice todo mal. No me sorprende. Discutiendo en el auto, tras tomar algo con Paula en el Bárbaro, en el Pasaje Tres Sargentos. No sé en donde la dejé, pero la noche terminó rápido. Patético, ni siquiera puedo repetir mis palabras.

La semana que siguió llegó la respuesta, con muchas dudas, negativa. “No por ahora”, le dijo Paula. Mi amigo, se apenó muchísimo, ya estaba convencido que tenía a la persona apropiada para la misión, me pidió por favor que la convenciera. Se sorprendió cuando le dije: “No”. Entonces, me miró y se sonrió, “no la querés largar, es lógico”.
Fue entonces cuando me dijo:”¿no conocés a otra?”.